NACIONALES.- El dolor que hoy recorre los pasillos agrietados de Los Palos Grandes en Caracas y las calles cubiertas de polvo y escombros en La Guaira no es un dolor físico; es el dolor de una profunda herida abierta en el corazón y en el alma de todo un país. Este 24 de julio de 2026 se cumple exactamente un mes desde que un devastador doblete sísmico de magnitudes 7.2 y 7.5 fracturó la geografía y el alma de Venezuela.
La estela de destrucción sin precedentes en la historia contemporánea de esta nación deja al descubierto además de la vulnerabilidad de esta tierra la solidaridad entre hermanos.
Durante 31 días continuos, la tierra no ha dejado de crujir, acumulando más de 1,400 réplicas que mantienen a millones de venezolanos en un estado de pánico y vigilia permanente.

Aquel miércoles 24 de junio, a las 6:04 p.m., el tiempo se detuvo. Dos movimientos telúricos con apenas 39 segundos de diferencia sacudieron el eje centro-norte del país afectando a siete de sus estados. Las estructuras de edificios en La Guaira y Caracas, donde los terremotos fueron más letales, se mecieron dramáticamente de lado a lado antes de desplomarse por completo.
A la fecha, el balance oficial es desgarrador: las autoridades confirman más de 5,400 fallecidos, 16,740 heridos y miles de desaparecidos bajo toneladas de escombros. El reporte de infraestructura expone el colapso fulminante de 190 edificaciones y daños severos en otras 856, concentrados drásticamente en Caracas y el litoral central de La Guaira, considerada la “Zona Cero» de la catástrofe.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo(PNUD) calcula los daños físicos directos en unos 6,700 millones de dólares. Sin embargo, la pérdida emocional es simplemente incalculable.

El milagro vecinal: Héroes de manos desnudas
Más allá de la frialdad de los datos, el verdadero núcleo de esta tragedia se escribió en las primeras horas posteriores al sismo. Ante el colapso inicial de las vías, las fallas eléctricas totales y la lógica demora de los cuerpos de rescate oficiales, fueron los propios vecinos quienes se convirtieron en la primera y más vital línea de defensa de la vida.
Sin herramientas profesionales, motivados únicamente por la desesperación y el amor al prójimo, cientos de ciudadanos civiles removieron bloques de concreto y retorcidos entramados de cabillas usando solo palas, picos o sus propias manos para socorrer a sus familiares y vecinos.

En las Residencias Solmarino Garden 2 en Catia La Mar y en los alrededores del colapsado Hotel Edwards en Caraballeda, las cadenas humanas de vecinos lograron rescatar con vida a decenas de personas durante la noche más larga del país. “Muevan piedra por piedra, con llorar no hacemos nada, ¡avancen!”, se escuchaba gritar en la oscuridad, cuando una marejada humana buscaba vida entre las ruinas de sus propias residencias o las de sus amigos y vecinos.
Esos rescates civiles permitieron la supervivencia de historias que hoy conmueven al mundo. Mientras que brigadas internacionales de siete países —como la Unidad Militar de Emergencias de España o rescatistas salvadoreños, estadounidenses, mexicanos, chilenos y costarricenses— lograron milagros prolongados, como la extracción de Hernán Gil tras pasar ocho días atrapado bajo las ruinas en Catia La Mar, la base de la esperanza la sembró el ciudadano común. Los más de 6,400 sobrevivientes rescatados del desastre le deben sus primeros minutos de oxígeno a un vecino, a un padre, a un hermano, que no se rindió.
Rostros entre los escombros
Detrás de la frialdad de las muertes confirmadas, existen nombres y proyectos de vida que se apagaron mientras otros renacieron de forma milagrosa bajo las toneladas de concreto. Historias particulares concentraron el drama humano que mantiene en vilo al país.
Una tras otra fueron aflorando de entre las ruinas historias que enmudecían al mundo. Un bebé de 18 días de nacido sano y salvo en el pecho de su madre, sobrevivientes del desastre; una sonrisa que nunca perdió la fe de que un grupo de “chicos” la ayudarían a salir; un padre que grita el nombre de sus hijos hasta escucharlos y sacarlos con vida; una madre que arropa a su pequeña hija dando su vida para salvarla; una hermanita mayor que guía a los rescatistas hasta su hermanito sin percatarse si seguía o no en este plano terrenal; y hasta 5 0 7 días bajo los escombros sin alimentos saliendo a la superficie para convertirse en testimonios de fe en medio de esta gran tragedia.

Pero, así como hay padres e hijos agradecidos por la oportunidad que tuvieron, bien porque fueron rescatados o bien porque el destino los alejo del siniestro; hay quienes lloran sin consuelo la perdida de sus seres queridos, a quienes la muerte los alcanzó sin tiempo a despedidas.
Muchos de quienes hoy buscan entre las pesadas lajas de concreto la oportunidad de darle un entierro digno a sus familiares se muestran aún incredulidad sin asimilar completamente el dolor de perder a toda la familia.
Como no citar a Mateo, el niño a quien el polvo y los escombros le endurecieron el alma para asegurar con inocente frialdad: “El único que se salvó de ese derrumbe fui yo, y mi mamá está muerta, dejó de respirar ayer a las 7 y 30”. Sí esta tragedia fue tan fatal y tan dura que Mateo, de apenas siete años, se grabó ese momento para siempre en su corazón como un hierro candente que marcará su dolor de haberlo perdido todo.

Vivir entre lonas y réplicas
Hoy, a cuatro semanas de la catástrofe, la emergencia ha cambiado de rostro, pero no de intensidad. Alrededor de 23,122 personas habitan en 107 campamentos transitorios habilitados en estadios, plazas públicas y canchas deportivas a lo largo de Caracas, Miranda y La Guaira. En estos refugios temporales, las familias enfrentan condiciones críticas: la escasez de agua potable y baños portátiles se complementa con la fragilidad de las carpas plásticas ante los embates de las ondas tropicales de la costa.
La red de solidaridad civil y el despliegue de organizaciones como Cáritas Venezuela y diversas congregaciones religiosas han sido el principal sostén de los damnificados, distribuyendo toneladas de alimentos y ofreciendo espacios de acompañamiento psicológico. Atender el “terremoto interior” —el trauma de haberlo perdido todo en un abrir y cerrar de ojos— es ahora el desafío más complejo para una población que psicológicamente revive el desastre con cada réplica diaria. En estos espacios las palabras del niño se hacen eco: Valoren lo que tienen porque en cinco segundos pueden perderlo todo como me pasó a mí”.

Para La Guaira, este sismo evoca una dolorosa ciclicidad histórica. La generación que nació o creció después de la tragedia del deslave de Vargas en 1999 hoy contempla cómo la naturaleza vuelve a ensañarse con las mismas zonas vulnerables, obligándolos a reconstruir sus vidas desde los cimientos.
El gobierno nacional ha iniciado la entrega gradual de los primeros complejos habitacionales de emergencia en la capital y promete acelerar proyectos de construcción masiva para finales de año, pero el déficit habitacional provocado por los derrumbes mantiene la incertidumbre en niveles alarmantes.
A un mes del 24J, Venezuela se debate entre el luto por las miles de almas que partieron y el asombroso testimonio antisísmico de su gente. Las heridas en el concreto tardarán años en sanar y los mapas geográficos se han alterado visiblemente, pero la lección de unión civil y los lazos vecinales forjados bajo el polvo de los escombros quedarán grabados para siempre como el momento en que un país se salvó a sí mismo.
EL REGIONAL DEL ZULIA