Economía.- En las últimas semanas, los puertos venezolanos han recuperado un ritmo que no se veía en años. Con la administración de las ventas de crudo bajo la supervisión de Washington y la llegada de divisas frescas a las cuentas administradas por el Tesoro, el discurso oficial habla de una “recuperación indetenible”. Sin embargo, el “venezolano de a pie” vive una realidad paralela: mientras el flujo de dólares aumenta, el tipo de cambio en las calles no da tregua, superando ya la barrera de los 400 bolívares.
El dólar oficial se cotiza en más de 400 bolívares, según la tasa vigente este viernes, por lo que la caída de la moneda local frente a la estadounidense es indetenible. Cómo es posible entonces, que, con más dólares en la economía, el bolívar siga perdiendo terreno. La respuesta no está en la falta de divisas, sino en la estructura del nuevo modelo y en las heridas de una economía que aún no sana.
El embudo del flujo: Los dólares no llegan al mercado
A pesar de que el ingreso petrolero proyecta un crecimiento del 37% para este 2026, el mecanismo de distribución es la primera traba. Los dólares que ingresan por la venta de crudo no entran directamente a la libre circulación. Gran parte se queda en fondos de reserva o se destina al pago de deudas e importaciones estratégicas del Estado.
La paradoja: El BCV ha incrementado las intervenciones bancarias (inyectando hasta 300 millones de dólares en una sola semana), pero la demanda de los comerciantes para reponer inventarios y de los ciudadanos para proteger sus ahorros sigue siendo infinitamente superior a la oferta oficial.

El factor desconfianza: El bolívar como “moneda de paso”
Economistas locales coinciden en que la subida del dólar es, en gran medida, un fenómeno psicológico y de expectativas. Tras años de hiperinflación, el venezolano no confía en el bolívar.
“Cualquier excedente en bolívares, ya sea por bonos o pagos de nómina, corre de inmediato a convertirse en dólares”, explican analistas.
Este comportamiento genera una presión constante al alza. No importa cuántos dólares venda el BCV; mientras la gente sienta que su salario se disuelve, el dólar seguirá siendo el único refugio seguro, impulsando su precio por la ley de oferta y demanda.
La brecha del salario: El “hambre” de divisas en los estratos bajos
El drama es más agudo en los sectores populares. Aunque el ingreso mínimo integral se ha intentado indexar (rondando los 130 dólares en bonificaciones para febrero de 2026), el salario base sigue siendo nominalmente bajo.
Para el trabajador informal o el empleado público, el dólar a 400 bolívares significa que los productos básicos —referenciados a tasa paralela— suben de precio a diario, mientras sus ingresos suben por “escaleras”. El resultado es una pobreza relativa donde, incluso en un país con petróleo, el ciudadano no tiene acceso a la moneda con la que se fijan los precios.

¿Qué tendría que pasar para que el bienestar petrolero llegue a su bolsillo?
Para que el «boom» de las exportaciones a EE UU deje de ser una cifra en televisión y se convierta en estabilidad en el mercado, los economistas señalan que no basta con vender petróleo; hay que sanar las reglas del juego. Aquí los tres pasos urgentes:
- Unificación y Transparencia Cambiaria: Que un dólar valga lo mismo en todas partes, para ello urge eliminar la brecha cambiaria entre el dólar oficial y el paralelo. Mientras exista una diferencia, habrá incentivos para la especulación y el arbitraje que perjudican al consumidor final.
Hoy el venezolano vive en una confusión de precios: el dólar del BCV dice una cosa y el «paralelo» dice otra. Esta brecha es el combustible de la inflación.
¿Por qué importa? Mientras existan dos precios, los comerciantes fijan sus etiquetas preventivamente al precio más alto para no perder dinero al reponer mercancía.
La solución: El Estado debe permitir que el dólar fluya libremente en los bancos. Si usted puede ir a su banco y comprar los dólares que necesita a la tasa oficial sin trabas, el mercado paralelo pierde sentido, la especulación se frena y los precios de los productos dejan de saltar cada tarde «por si acaso».
- El regreso del Crédito Bancario: Inyectar “sangre” a la producción
Actualmente, los bancos venezolanos tienen las manos atadas por el llamado «encaje legal» (dinero que el BCV les obliga a guardar y no prestar). Sin créditos, las empresas no pueden comprar maquinaria ni materia prima con bolívares.
¿Por qué importa? Al no haber crédito, el empresario tiene que usar sus propios ahorros en dólares para operar. Ese costo extra se traslada directamente al consumidor.
La solución: Al reactivar el crédito bancario, las empresas producen más y mejor. Cuando hay más productos nacionales en los anaqueles compitiendo entre sí, los precios tienden a bajar o, al menos, a dejar de subir frenéticamente. Un país que produce es un país que no depende solo de que el dólar baje.
- Disciplina Fiscal Real: Dejar de «fabricar» dinero sin valor
A veces, para pagar bonos o deudas, el Estado emite bolívares de la nada (electrónicamente). Es como si en una fiesta hay 10 tortas y de pronto imprimen 100 tickets para canjearlas; cada ticket valdrá mucho menos porque hay demasiados papeles para tan poca torta.
¿Por qué importa? Cuando hay demasiados bolívares en la calle «persiguiendo» los pocos dólares que hay, el precio del dólar sube inevitablemente. Es la ley de escasez.
La solución: El Gobierno debe gastar solo lo que le ingresa por impuestos y petróleo, sin recurrir a la maquinita de hacer billetes. Si la cantidad de bolívares en la calle es estable y está respaldada por una producción real, la moneda recupera su respeto y su valor.
Confianza antes que divisas
En última instancia, lo que falta es confianza. El venezolano cambia sus bolívares a dólares por miedo, no por gusto. Para que esta inercia se rompa, el ciudadano necesita sentir que mañana su dinero valdrá lo mismo que hoy. Solo cuando el flujo petrolero se use para fortalecer estas tres columnas, veremos al “venezolano de a pie” respirar aliviado frente a un anaquel.
En general el «boom» petrolero de 2026 es, por ahora, un fenómeno macroeconómico que se queda en las alturas.