EL SUSTENTO

por Mileydi Piña
PEDRO DUARTE

POR DR. PEDRO DUARTE

Vivimos en una época marcada por la velocidad. Todo parece avanzar a un ritmo vertiginoso. Los días pasan con rapidez, las noticias duran apenas unas horas y las tendencias nacen y mueren en cuestión de minutos. Se trata de un fenómeno que pareciera haber sido cuidadosamente diseñado para mantenernos ocupados, conectados y en permanente movimiento.

Hoy casi no queda tiempo para detenerse a pensar. Y quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea precisamente ese: pensar. Reflexionar se ha convertido en un acto de resistencia frente a una cultura que nos empuja constantemente hacia la inmediatez.

Las redes sociales, las plataformas digitales y los algoritmos han impuesto sus propias reglas. Los mensajes deben ser breves, las opiniones condensadas y las ideas reducidas a segundos. Todo debe ser rápido. Todo debe ser consumido con prisa. La consecuencia es evidente: vivimos rodeados de información, pero muchas veces alejados de la comprensión profunda de las cosas.

La historia, el contexto, los matices y la reflexión suelen quedar relegados. Lo importante parece ser el impacto inmediato. En medio de esta dinámica, nuestra capacidad de concentración se debilita. Ver una película de dos horas, asistir a una obra de teatro, disfrutar un recital de poesía o leer un buen libro se ha convertido para muchos en un verdadero reto.

Hace algunos años las series de televisión se esperaban durante toda una semana. Los espectadores aprendían el valor de la paciencia. Al final de cada episodio aparecía aquella frase inolvidable: «Esta historia continuará». Hoy, en cambio, las producciones están diseñadas para que el espectador no se detenga, para que continúe consumiendo capítulo tras capítulo sin pausa.

Ante esta realidad surgen unas preguntas fundamentales: ¿qué nos sustenta?¿En qué apoyamos nuestra existencia? ¿Qué alimenta nuestra alma? ¿Qué sostiene nuestra esperanza cuando llegan las dificultades? ¿Dónde está puesta nuestra confianza?

El filósofo alemán Viktor Frankl afirmaba que quien tiene un «porqué» para vivir puede soportar casi cualquier «cómo». Por su parte, Blaise Pascal advertía que muchas de las desgracias humanas provienen de la incapacidad de permanecer en silencio y en paz con uno mismo. Ambos pensadores, desde perspectivas distintas, comprendieron que la vida necesita fundamentos sólidos y un sentido profundo.

Y es que la existencia humana no es una carrera de cien metros. Es una larga travesía. Es una carrera de resistencia. A lo largo del camino encontraremos alegrías y triunfos, pero también desiertos, pérdidas, decepciones y momentos de profunda incertidumbre. Algunas pruebas duran días; otras, semanas, meses o incluso años. Sin embargo, cuando son vividas con sabiduría y fe, terminan forjando el carácter y fortaleciendo el espíritu.

Por eso resulta tan importante preguntarnos qué sustenta nuestra vida? Porque aquello que nos sostiene en los momentos de bonanza suele ser muy diferente de aquello que nos sostiene en los momentos de oscuridad.

Frente a tanta aridez espiritual, guerras, divisiones, hipocresías y falsas promesas, muchos descubrimos que el único sustento verdaderamente firme es Dios. Todo lo demás pasa. Todo lo demás es transitorio.

Recuerdo entonces aquel hermoso pasaje del Evangelio donde Jesús visita la casa de Marta y María. Marta estaba afanada en los múltiples quehaceres del hogar, mientras María permanecía a los pies del Maestro escuchando su palabra. Cuando Marta se quejó, Jesús le respondió: «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas; pero sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada».

No era una invitación al abandono de las responsabilidades humanas. Era una enseñanza sobre las prioridades. El Señor recordaba que existe algo más importante que la prisa, más importante que la ansiedad y más importante que las ocupaciones diarias: la vida interior, la relación con Dios, el alimento del espíritu.

Debemos trabajar, luchar, construir, emprender y servir. Debemos asumir con responsabilidad nuestras tareas y compromisos. Pero nada de eso tendrá verdadera consistencia si nuestro corazón no está cimentado sobre una roca firme.

Ojalá que, en medio de tanto ruido, logremos redescubrir aquello que verdaderamente sustenta la existencia. Que no permitamos que la velocidad nos robe el sentido de la vida. Que encontremos tiempo para la reflexión, para el silencio, para la oración y para el encuentro con Dios. Porque al final, todo lo pasajero se desvanece. Lo único que permanece es aquello que alimenta el alma y fortalece el espíritu.

En un mundo que corre cada vez más rápido, la gran tarea del ser humano sigue siendo descubrir aquello que verdaderamente lo sostiene. Los bienes materiales pasan, las modas cambian y las circunstancias se transforman. Pero la fe, la esperanza, el amor y la presencia de Dios permanecen. Como recordaba Benedicto XVI, “quien  tiene a Dios, tiene esperanza; y quien tiene esperanza vive de otra manera”. Quizás allí se encuentre el verdadero sustento: en aquello que no depende del tiempo ni de la moda ni de las circunstancias, sino de la certeza de que Dios camina con nosotros en cada tramo de esta larga carrera que es la vida.

«Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti»

San Agustín

 

Dr. Pedro Duarte

Abogado

 

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