Ciencia y tecnología.- En un laboratorio de la Universidad de Buenos Aires (UBA), un equipo de científicos liderado por el doctor Eduardo Cánepa está revolucionando la forma en que se detecta el maltrato infantil. Su herramienta no es una cámara ni una entrevista psicológica, sino algo mucho más discreto: la saliva.
Este método pionero se basa en el análisis de biomarcadores epigenéticos, es decir, modificaciones químicas en el ADN que no alteran su secuencia pero sí su expresión. “El maltrato deja huellas no solo emocionales o físicas, también moleculares”, explica Cánepa. Estas huellas pueden detectarse en las células presentes en la saliva, como leucocitos y células epiteliales, mediante un proceso de extracción y análisis de ADN.

Eduardo Cánepa, jefe del laboratorio de neuroepigenética y adversidades tempranas del Instituto de Química Biológica de la Facultad de Exactas.
“Este análisis está relacionado con las experiencias ambientales a las que estamos expuestos todos y en particular los niños, niñas y adolescentes, desde el desarrollo hasta la adolescencia, que es la etapa que se llama más plástica, para recibir y responder a esas experiencias ambientales”, afirma Cánepa, quien también es jefe del laboratorio de neuroepigenética y adversidades tempranas del Instituto de Química Biológica de la Facultad de Exactas, durante una entrevista ofrecida a Infobae.
Sostuvo el científico que esas experiencias ambientales en un sentido muy amplio, trata del espacio físico, las condiciones socioeconómicas en las que vive, la familia, como se ha sido criado, las relaciones en la escuela, “ tan amplio como la sociedad y la cultura, etcétera, que nos rodea”.
Consultado sobre si el fruto de esas experiencias es una huella concreta y contundente indicó: Exactamente. Nosotros decimos que el maltrato y cualquier experiencia traumática no solo deja huellas emocionales, sino que también deja huellas biológicas, es decir, que nuestro ADN se marca y eso es un proceso evolutivo, digamos, porque justamente es para que cada individuo se adapte al entorno en el que toca vivir.
Afirmó que si ese ambiente es estimulante, amor, cariño, estímulos intelectuales, etcétera, ese cerebro va a estar con todas las capacidades para desarrollar una vida intensa y productiva.

Prueba irrefutable para la justicia
El estudio, desarrollado en colaboración con el Hospital de Niños Pedro de Elizalde, busca identificar patrones de metilación del ADN que se repiten en niños víctimas de violencia. Si se confirman diferencias significativas respecto a un grupo de control, se podría contar con una prueba científica objetiva e irrefutable para la Justicia.
Además de servir como evidencia legal, este avance permitiría un diagnóstico temprano, incluso antes de que se manifiesten síntomas psicológicos o físicos. También facilitaría el seguimiento de tratamientos y la evaluación del impacto a largo plazo del maltrato en el desarrollo infantil.
Aunque el proyecto aún se encuentra en fase de estudio, con una muestra inicial de 40 niños, sus implicancias son profundas. No busca reemplazar métodos tradicionales como la cámara Gesell, sino complementarlos con una herramienta biológica que podría cambiar el paradigma de la protección infantil.
En palabras del equipo investigador: “Queremos que la ciencia hable por quienes aún no pueden hacerlo”. Y en ese sentido, la saliva podría convertirse en la voz más clara de los más vulnerables.