NACIONALES.- Como “Los 147 del vuelo 164”, así serán recordadas las 147 almas que sonreían y respiraban tranquilas porque acababan de salir de la presión del encierro de meses en las frías celdas de los centros migratorios estadounidenses, hasta que el destino los condujo a ese modesto hotel en La Guaira.
El lugar, que lejos de ser un sitio de reposo tras el largo viaje, fue una caldera que hervía atizada por el fuego que hacía borbollar los cimientos de la tierra; en cuestión de minutos, el sitio donde se pretendía brindarles alojo les abrió las puertas del mismísimo infierno.
La llegada a las instalaciones del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía fue una señal de alivio para los 120 hombres, 19 mujeres y siete niños venezolanos deportados. Por tratarse de una operación federal de repatriación, partieron desde el Aeropuerto Ejecutivo Miami-Opa Locka de regreso a casa, donde eran esperados por familiares que, en algunos casos, llevaban años sin verlos. Unos habían sido expulsados por falta de documentación; otros, por infracciones cometidas durante su estadía en suelo estadounidense, donde, desde que llegó al poder el presidente Donald Trump, ya no eran bienvenidos.

Minutos antes de su llegada a Maiquetía, el vuelo 164 —fletado por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE) y promovido por el programa de Gobierno “Vuelta a la Patria”— surcaba con placidez el cielo con destino a su amada Venezuela.
Ese mismo cielo donde sus familiares hoy buscan respuestas por la ausencia de 135 de sus 147 pasajeros; ese mismo cielo al que hoy muchos hijos, padres o hermanos miran tratando de encontrar un vestigio de esperanza de que el sueño de sus seres queridos de transformar sus vidas no fue en vano, a pesar de que ahora casi la totalidad de esos sueños estén sepultados bajo pesadas lajas de concreto y polvo.

El alojo de la desgracia
Tras aterrizar en Maiquetía a las 10:22 de la mañana, entre chequeos médicos y trámites de identidad, los recién llegados intentaban asimilar que el largo viaje había terminado, sin imaginar que solo era el comienzo de su intempestiva partida. Es así como el designio que estaba deparado para ellos comienza su macabro juego.
Tras concluir las grabaciones de vídeos y fotografías para certificar su llegada a través de las redes sociales gubernamentales, los 147 migrantes fueron conducidos por funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) hacia el Hotel Santuario La Llanada en Macuto; una estructura sin lujos incrustada en la montaña de La Guaira, que dos horas después se transformaría en el epicentro de los más grandes temblores que los venezolanos hayan sentido bajo sus pies en más de un siglo.
Al llegar al sitio de la tragedia, la tierra rugió con una furia implacable dándoles la bienvenida. En un parpadeo, el movimiento telúrico transformó las paredes del hotel en una lluvia de concreto y polvo, sepultando los sueños de quienes apenas ponían un pie en su patria. Entre el estruendo, solo alcanzaban a emitir gritos desesperados que casi de inmediato fueron sofocados por mil toneladas de techo colapsado sobre sus cuerpos.
Eran las 06:04 p. m., hora local, el momento exacto en que estos terribles sismos sacudieron sus vidas, sin tiempo a que se dieran cuenta de que era su final. Para muchos, “Los 147 del vuelo 164” serán considerados, primero, las víctimas de las políticas migratorias, y hoy, las de esta inimaginable catástrofe que ha devastado al país.

Doce testimonios de esperanza
Hasta ahora solo han sido encontrados 12 de los 147 con vida, aunque aún no hay una confirmación oficial, manteniendo al resto en una dolorosa lista de desaparecidos que mantiene en vilo a familias que no entienden ese pequeño hilo de tiempo que condujo a sus seres queridos hacia la muerte.
Familias enteras se agolpan bajo la impotencia y el llanto, sosteniendo fichas con los nombres de Daniel, Johana o Yamil, negándose a aceptar que el destino los hubiera traído de vuelta solo para desaparecer entre el polvo de las ruinas de La Guaira.
Entre ellos está Darwin Eliezer Serrano López, quien alcanzó a llamar a su familia para avisar que había llegado al país. Fue la última comunicación antes del desastre. Transcurridos varios días, la incertidumbre envuelve el destino de la mayoría. Debido a la complejidad del terreno y a que las labores de rescate aún continúan, las autoridades no han dado con los cuerpos de estas víctimas.
La búsqueda es incansable. Joan, un joven de 28 años y sobreviviente, cuenta que cuando llegó al hotel pensó que por fin descansaría en una de las literas, tras meses de encierro y angustia en Florida, mientras que Yamil Caldera apenas tuvo tiempo de avisar, con alivio, que ya estaba en casa. Nadie imaginaba que el refugio temporal se convertiría en su próxima línea de fuego.
Juan Manuel, con cuatro costillas rotas, arañó los escombros a oscuras para salvar a desconocidos que ahora eran sus hermanos de tragedia. Mientras tanto, la esperanza de encontrarlos con vida en algún hospital es casi nula. Aunque un sobreviviente declaró a la prensa extranjera que “está seguro de que más personas sobrevivieron”, se cree que la gran mayoría pereció o sigue sepultada. Entre las víctimas identificadas por sus familiares o reportadas como desaparecidas figuran nombres como Daniel Enrique Caraballo, Javier Alejandro, Kleiber Daniel Montangut, Jorge Luis González, Angelo David Mejía y Adalberto Rincón.

“Nadie tiene una respuesta”
Melany Toyo, familiar de uno de los deportados desaparecidos, denunció la semana pasada que hay información inconsistente. “Nadie tiene una respuesta clara de qué es lo que pasa con los migrantes que aún no han sido encontrados”, dijo Toyo a la prensa desde la morgue de Bello Monte en Caracas. La mujer se encontraba allí solicitando información sobre su primo, Víctor Guanipa Toyo, de 32 años.
“No dan una información veraz; nosotros venimos buscando una respuesta porque en casa hay una madre que sufre y llora, dos hijos que esperan a su padre, y necesitamos de verdad una respuesta: sea que esté vivo, sea que esté hospitalizado”, insistió. Toyo aseguró que las versiones de las autoridades son variadas; algunos dicen que dieciséis sobrevivieron, otros que solo fueron mujeres.
“La última y única comunicación que se tuvo con él fue con su madre avisándole que ya había llegado al país; fue lo último que supe”, concluyó.