Lagunillas.- En los días dorados de la bonanza petrolera que transformó la Costa Oriental del Lago, surgieron personajes tan peculiares como inolvidables. Entre balancines, campamentos y calles polvorientas del municipio Lagunillas, uno de ellos caminaba con paso corto pero firme, como si cada pisada lo acercara al subsuelo que tanto conocía. Lo llamaban Mister Stewart, aunque pocos sabían su verdadero nombre.
Era un hombre de tez morena, estatura baja, y porte singular. Vestía siempre igual: chaqueta limpia pero modesta, pantalón kaki, camisa a cuadros y un casco metálico que relucía al sol. En su mano derecha, un portafolio; en la izquierda, planos manoseados de alguna obra petrolera. Salía cada día a recorrer las calles como si se tratara de un turno más en el campo. Saludaba con cortesía y, de vez en cuando, soltaba consejos técnicos que, para los atentos, resultaban sorprendentemente certeros.
Muchos lo consideraban simplemente un loco. Pero no cualquiera. Era un hombre de voz pausada, sin groserías, con una coherencia tan llamativa que descolocaba a quienes sabían del oficio. Ingenieros llegaban a escucharlo con escepticismo y se iban intrigados: aquel personaje sabía de pozos, de nombres de locaciones, incluso de balancines en funcionamiento. ¿Era un conocedor? ¿Un genio escondido bajo el velo de la enfermedad?
Según algunos testimonios, su nombre real era German Paredes, nacido en San Juan de Colón. Se decía que tuvo esposa, dos hijos y un trabajo estable, hasta que su mente se consumió por la obsesión laboral, como si nunca hubiera abandonado el campo. En su delirio (o en su memoria fiel) esperaba cada día dar el parte a un jefe invisible.
Su historia terminó como comienzan las leyendas: con incertidumbre. Un día, simplemente desapareció. Algunos aseguraron haberlo encontrado sin vida en el sector Agua Caliente; otros, en cambio, afirman que se perdió entre las aguas del Lago de Maracaibo, como si la tierra misma lo reclamara.
Hoy, Mister Stewart es mucho más que una figura pintoresca. Es símbolo de un tiempo, de una cultura, de un oficio que fue pasión y condena. Muchos que vivieron la época lo recuerdan con una mezcla de respeto y melancolía. Su figura se pasea entre el mito y la memoria, como esas historias que solo se transmiten entre quienes supieron leer entre líneas… o entre balancines.
Por: Francisco Kiko Chávez
Cronista del Municipio Lagunillas
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