¿» PARTIDOS POLÍTICOS LEGALES O LEGÍTIMOS»?

por Mileydi Piña
LUIS AUGUSTO MARTÍNEZ

POR: ING. LUIS AUGUSTO MARTÍNEZ

El debate político sobre la legalización de los partidos de oposición en Venezuela suele entramparse en el laberinto burocrático del Consejo Nacional Electoral. Las cúpulas partidistas suelen celebrar la recuperación de una tarjeta o el reconocimiento de unas siglas como si se tratara del destino final de la lucha democrática. Sin embargo, obtener el visto bueno del Estado es apenas un formalismo administrativo. La verdadera supervivencia de las fuerzas de cambio no se define en una oficina institucional, sino en su capacidad para democratizarse internamente y recuperar la legitimidad perdida ante un ciudadano que ya no confía en estructuras vacías.

Existe una profunda contradicción moral cuando las organizaciones políticas exigen democracia al Estado mientras administran sus propias estructuras como feudos cerrados. El diseño actual de la oposición mayoritaria opera bajo una pirámide invertida: las directrices, las alianzas y las estrategias viajan exclusivamente desde las oficinas de Caracas hacia las provincias. Este hipercentralismo asfixia las realidades locales, ignora las dinámicas comunitarias y reduce a los liderazgos regionales a la condición de meros aplaudidores o ejecutores de las decisiones tomadas en la capital.

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El síntoma más grave de esta desconexión es el secuestro de las bases mediante estatutos que funcionan como blindajes para el caudillismo interno. Las elecciones internas, las consultas universales y las primarias partidistas han sido sistemáticamente sustituidas por el «consenso», un elegante eufemismo utilizado para maquillar la cooptación y la designación a dedo de candidatos y directivas. Al premiar la obediencia ciega por encima del mérito, el trabajo de calle o el liderazgo social, se bloquea el relevo político indispensable. La consecuencia inmediata es la desmovilización: el ciudadano y el militante de base se retiran al comprender que su voz no influye en el rumbo de la organización.

Por ello, cualquier proceso de legalización formal debe ser asumido como una oportunidad forzosa de refundación, impulsada por una reforma profunda de los estatutos internos. Los partidos políticos necesitan democratizar su estructura bajo tres pilares urgentes: la alternancia obligatoria que prohíba la perpetuación de las mismas jefaturas; la autonomía política y financiera real para que las regiones decidan sobre sus propios territorios sin el veto de Caracas; y la protección institucional a la disidencia, entendiendo que la crítica interna es un síntoma de salud democrática y no de traición.

Una tarjeta electoral válida ante la ley sirve de muy poco si las casillas se quedan vacías de votantes. Si los partidos de oposición aspiran a liderar una transición hacia la libertad, deben tener la honestidad y el coraje de empezar por democratizar su propia casa. La legalidad la otorga el árbitro oficial; la legitimidad la concede el ciudadano en la calle. En la Venezuela actual, un partido que se niegue a abrirse a sus bases y insista en mantener estructuras piramidales estará firmando su propia irrelevancia, sin importar cuántos sellos y firmas oficiales tengan sus papeles.

 

ING. LUIS AUGUSTO MARTÍNEZ

CONCEJAL DEL MUNICIPIO LAGUNILLAS

 

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