NACIONALES.- El pasado 24 de junio, Venezuela fue testigo de una fuerza indomable. Un doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 golpeó con especial crudeza al estado La Guaira, dejando tras de sí un rastro de destrucción material y más de mil réplicas que aún mantienen al país en vilo. Sin embargo, más allá de los escombros y el dolor, el evento ha dejado una lección impostergable: la necesidad crítica de transformar la educación sísmica en una práctica permanente, estructurada y vital dentro del sistema escolar.
La tragedia ha expuesto una realidad ineludible: el conocimiento técnico sobre qué hacer antes, durante y después de un movimiento telúrico es, hoy, una herramienta de supervivencia tan necesaria como cualquier otra asignatura académica.

FOTO/EFE
El fin de la improvisación: Hacia una cultura de prevención
Carlos Cedeño, director del Colegio Integral El Ávila, consultado por El Diario es enfático al respecto: la educación sísmica no admite más dilaciones ni enfoques superficiales.
“Ya no puede ser tratada como una actividad complementaria u opcional, hoy es una prioridad absoluta de gestión humana y de responsabilidad civil”, afirma Cedeño.
Para el educador, el error histórico ha sido limitar la prevención a charlas aisladas. La verdadera gestión de riesgo, sostiene, exige intencionalidad y regularidad. El objetivo de integrar simulacros constantes en la rutina escolar no es otro que desterrar la improvisación. Al convertir la respuesta ante el sismo en un acto automático, se busca que la “memoria del cuerpo” prevalezca sobre el caos, evitando que las reacciones desesperadas agraven la situación.

FOTO/EFE
El pánico: El enemigo invisible
La reflexión de los expertos apunta a un factor determinante: a menudo, el mayor peligro no es la onda sísmica, sino la respuesta humana desorganizada. Óscar Misle, fundador de Cecodap, coincide en que el pánico es una reacción natural, pero advierte sobre sus consecuencias mortales cuando no hay una estructura de respuesta previa.
“El pánico desorganizado provoca estampidas y accidentes que suelen ser más peligrosos que el movimiento telúrico en sí”, advierte Misle. La premisa es clara: saber exactamente qué hacer —dónde ubicarse, cómo desalojar y cómo mantener la calma— es, en última instancia, el factor que marca la diferencia entre la vida y la muerte.

FOTO/EFE
Un compromiso colectivo
La gestión del riesgo sísmico debe trascender los muros del aula. La escuela, como nodo central de la sociedad, tiene el desafío de involucrar a docentes, estudiantes y familias en un ejercicio de responsabilidad civil compartida. Si la naturaleza nos ha recordado nuestra fragilidad, la respuesta debe ser una estructura educativa fortalecida, donde la prevención deje de ser una teoría de papel para transformarse en una cultura de resiliencia real.
La memoria de lo ocurrido el 24 de junio no debe servir solo para el luto, sino para cimentar, con urgencia, una nueva forma de proteger lo más valioso: la vida de quienes conforman el futuro de la nación.

FOTO/EFE