Nacional.- Un reciente informe de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) revela una realidad inquietante: ocho de cada diez venezolanos residen en zonas de alto riesgo sísmico. Esta vulnerabilidad se debe a que gran parte del territorio nacional está atravesado por las principales fallas geológicas del país, responsables de los terremotos más significativos desde el año 1530.
La franja sísmica más activa se extiende a lo largo de los sistemas montañosos de Los Andes, la Cordillera Central y la Cordillera Oriental, donde se concentran las fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar.

Tres fallas principales, una amenaza constante
Falla de Boconó: Inicia en la depresión del Táchira, cerca de la frontera con Colombia, y atraviesa la Cordillera Andina, afectando estados como Mérida, Trujillo y Lara.
Falla de San Sebastián: Cruza la zona central del país, incluyendo áreas densamente pobladas como Caracas, Aragua y Carabobo.
Falla El Pilar: Se extiende por el oriente venezolano, impactando especialmente al estado Sucre.
Estas estructuras tectónicas han sido responsables de los sismos más destructivos en la historia del país, y su actividad sigue siendo motivo de constante monitoreo por parte de los expertos.

Más de 30 fallas secundarias
Feliciano De Santis, presidente de la Sociedad Venezolana de Geólogos, advierte que además del sistema principal, Venezuela cuenta con más de una treintena de fallas secundarias. “Estas fallas, aunque menos conocidas, también representan un riesgo significativo, especialmente en zonas urbanas donde la planificación sísmica ha sido limitada”, señaló.
“Venezuela está en el límite de dos placas tectónicas: La placa Caribe que bordea la parte noroccidental y la placa Suramericana que bordea el resto de Venezuela. Esas tres fallas geológicas delimitan con esas dos placas, pero a su vez eso genera una zona de deformación de unos 100 km de ancho, donde vive la mayoría de las personas. Entonces tenemos una ecuación de amenaza y vulnerabilidad constante, por el alto riesgo sísmico», precisó.
«Imaginemos que estas placas son dos bloques. Si una persona se para en el bloque que tiene al frente, este se mueve a la derecha, y si se voltea se mueve también a la derecha (el bloque opuesto se mueve hacia la derecha del observador). Por eso decimos que son fallas dextrales, son fundamentalmente horizontales, son fallas de desgarre donde los bloques se mueven lateralmente», detalló De Santis.
Las investigaciones de Funvisis y de geólogos, de acuerdo a los movimientos telúricos recientes, han determinado que las tres fallas geológicas tienen un potencial máximo para ocasionar un terremoto de siete de magnitud, y se mueven de manera transversal.
Funvisis indica que un sismo se da cuando a lo largo del sistema de fallas geológicas se genera un roce que impide el movimiento de las placas. «Al no poderse detener el avance de las placas y una vez vencida esta resistencia, se genera un sismo», reseña la institución.

Población en riesgo
La coincidencia entre las zonas de mayor densidad poblacional y las áreas de mayor amenaza sísmica agrava el panorama. Ciudades como Caracas, Barquisimeto, Mérida y Cumaná se encuentran dentro de esta franja geográfica vulnerable.
Funvisis como parte de comenzar a crear cultura de riesgo en Venezuela y màs concretamente en el Zulia, ofreció información detallada referente al tema e insistió en la necesidad de realizar estudios de microzonificación sísmica, que permiten adaptar las normas de construcción a las características del suelo y reducir el impacto de futuros eventos telúricos. Sin embargo, la implementación de estas medidas ha sido desigual en el país.

Preparación ciudadana: clave para salvar vidas
Ante la imposibilidad de predecir terremotos, los especialistas recomiendan fortalecer la educación sísmica, elaborar planes familiares de emergencia y adecuar infraestructuras críticas. La consigna “Agáchate, cúbrete y agárrate” sigue siendo la guía básica en caso de sismo.
Con más del 80 % de la población expuesta a movimientos telúricos, Venezuela enfrenta no solo una amenaza natural, sino también el reto de construir resiliencia en medio de limitaciones económicas y urbanas.