NACIONALES.- Entre el eco de los lamentos que colman los medios digitales y el peso asfixiante de una tragedia que ha dejado a Venezuela sumida en la desolación, surge una historia que desafía la lógica humana y roza lo sobrenatural. Es el relato de Ybrahin Villafaña, un hombre que, tras ser rescatado de los escombros y declarado sin signos vitales, horas después abrió los ojos rodeado de cadáveres en el patio trasero habilitado como morgue improvisada del Hospital Vargas de La Guaira.
Para Ybrahin, aquel 24 de junio no era una fecha cualquiera: celebraba sus 36 años de vida. Sin embargo, la festividad se transformó en una pesadilla de polvo y hormigón. Villafaña, uno de los 147 ciudadanos retornados en el fatídico vuelo 164 de la Misión Gran Vuelta a la Patria, se encontraba confinado en el hotel Santuario, en Caraballeda, cumpliendo con trámites administrativos impuestos por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin). Escasas horas después de su llegada, la tierra se sacudió con una furia implacable, convirtiendo su refugio temporal en su tumba.

El eco del pasado: Una cita marcada por la tragedia
Ybrahin contó en una entrevista ofrecida a El Nuevo Herald, que además de ser un superviviente, es un hombre marcado por el destino de una región que parece ensañarse con él. Con apenas nueve años, ya había conocido la ferocidad de la naturaleza: fue uno de los pocos que logró escapar del alud de lodo durante la catástrofe de 1999, aquel evento que le arrebató la vida a sus dos hermanos, de 10 y 4 años.
Veintisiete años después, el destino cerró su círculo más oscuro. La misma tierra que le quitó su infancia regresó para reclamar su vida, esta vez bajo los escombros de un edificio, el propio día de su cumpleaños.

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El testimonio desde el abismo
La voz de Ybrahin, serena pero cargada de una pesada melancolía, revive el horror vivido durante el colapso. “Cuando me levanto veo cantidad de muertos y escucho de lejos a alguien diciendo: ‘Él está vivo, sáquenlo de aquí’», relató el sobreviviente a El Nuevo Herald.
El recuerdo del desplome es una sucesión de angustia y segundos eternos. Estaba en el cuarto piso cuando la estructura comenzó a ceder. Intentó huir con otras doce personas hacia la salida principal, pero la arquitectura del terror fue más rápida. “Casi llegando a la salida se vino abajo el techo. Quedamos tapiados por los escombros», narra desde Catia La Mar, donde intenta sanar las heridas físicas y el trauma imborrable.

Permaneció atrapado alrededor de una hora. Tenía una herida en la cabeza, a la altura de la nuca, no podía moverse y apenas lograba respirar. En medio de la espera, incluso se quedó dormido por momentos. Cuenta que también le sugirió a una joven que estaba a su lado que intentara dormir para aliviar el dolor mientras esperaban ser rescatados.
Hoy, Ybrahin Villafaña sigue aquí, convertido en el testimonio viviente de dos tragedias que marcaron una nación, recordándonos que, a veces, la vida insiste en florecer incluso entre los escombros, el destino y el olvido.