¿Por qué el suelo de La Guaira multiplicó la devastación durante el doblete sísmico?

Expertos aseguran que se abre una etapa de estudio y análisis de las estructuras que colapsaron: diseño estructural, tipo de suelo, tipo de fundación, para tratar de establecer un patrón que permita identificar mejor cuáles fueron las vulnerabilidades de las edificaciones.

por Noris Hernández

NACIONALES.-  Horas después del doblete sísmico que sacudió a Venezuela, las imágenes aéreas de La Guaira expusieron un panorama de absoluta ruina y desolación. En las calles, miles de personas removían escombros con sus propias manos para rescatar a los sobrevivientes. Sin embargo, las respuestas sobre la magnitud de la catástrofe no solo yacían en la superficie, sino en la compleja composición geológica del subsuelo costero.

La tragedia ha llevado a buscar similitudes geográficas y estructurales. Al trazar una línea recta imaginaria sobre el cerro El Ávila, se observa que Caraballeda (en La Guaira) y Los Palos Grandes (en Caracas) están separados únicamente por la gran montaña.

No es casualidad que ambos sectores figuran entre los más afectados por los sismos del pasado 24 de junio, ya que comparten un comportamiento sísmico muy similar debido a los millonarios espesores de sedimentos acumulados por el descenso de material desde la cordillera hacia ambos costados.

Suelos que actúan como un lente amplificador

Según explicó el ingeniero civil especializado en geotecnia César Disilvestro, los suelos de Caraballeda y Los Palos Grandes están constituidos por cientos de metros de sedimentos acumulados durante siglos por la erosión del Ávila. Las mediciones geotécnicas detallan que en Caraballeda existen más de 400 metros de sedimentos antes de alcanzar el basamento de roca sólida, mientras que en Los Palos Grandes la profundidad ronda los 300 metros.

“Con un espesor grande de sedimentos, en caso de un sismo, ese suelo actúa como un lente y amplifica la magnitud de la onda. Los efectos del sismo se sienten más en este tipo de suelo que sobre la roca. La roca más bien disminuye la amplitud y tiende a atenuar el movimiento”, indicó Disilvestro.

Aunque los sismos del 24 de junio tuvieron la misma magnitud (7.2 y 7.5) y una duración de 39 segundos en todo el país, la intensidad —es decir, la forma en que se percibió el movimiento según la distancia al epicentro y las características locales del terreno— varió drásticamente de un sector a otro.

Tierra de abanicos aluviales y alta vulnerabilidad

Por su parte, José Luis López, profesor-investigador del Instituto de Mecánica de Fluidos de la UCV y miembro de la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat, señala que los asentamientos poblacionales en la franja costera de La Guaira (entre Catia La Mar y Tanaguarena) se asientan sobre “protuberancias” o conos de deyección conocidos como abanicos aluviales. Estos se formaron a lo largo de milenios por el arrastre de arena, grava y rocas desde la montaña hacia el mar.

López recordó que, durante los deslaves de Vargas en 1999, estos abanicos recibieron entre dos y tres metros de sedimentos que sepultaron a miles de personas. Aunque las labores de recuperación removieron gran parte de ese material, la morfología del suelo permaneció inalterada.

En un documento de su autoría publicado en 2020, el experto ya advertía que los asentamientos urbanos han ocupado históricamente las gargantas y abanicos aluviales de los cursos torrenciales del Ávila, incrementando la fragilidad regional ante la actividad sísmica.

FOTO/EFE

El fenómeno de la licuefacción y los edificios hundidos

Un estudio de microzonificación de Funvisis (2002) realizado por Marcos Romero y otros autores detalla que el basamento rocoso bajo La Guaira presenta una inclinación hacia el mar de entre 17 y 21 grados, encontrándose a 180 metros de profundidad en el pueblo de La Guaira, a 290 metros en Punta El Cojo (Macuto) y hasta a 450 metros al este de Caraballeda.

Este subsuelo se compone de tres estratos: sedimentos sueltos, sedimentos más compactados (aluvión) y roca sedimentaria. A esto se suma un factor crítico: el nivel freático se encuentra a escasos 5 o 10 metros de profundidad debido a la cercanía del mar y las quebradas, lo que significa que los terrenos están completamente saturados de agua, “como una esponja”.

Adicionalmente, el período fundamental de vibración —el tiempo de oscilación del suelo durante un temblor, comparable a la dinámica de un plato de gelatina— alcanzó casi los dos segundos en algunos sectores de La Guaira debido al enorme espesor de tierra blanda acumulada. Cuando esta vibración superficial se combina con sedimentos sueltos y un nivel freático elevado, se desencadena el fenómeno de licuefacción del suelo: los terrenos arenosos pierden su firmeza, se comportan como arenas movedizas y provocan que decenas de edificios se hundan parcialmente o colapsen, profundizando la devastación.

Retos para la reconstrucción y nuevos riesgos

En cuanto a las soluciones de ingeniería, la normativa vigente (Norma Venezolana Covenin 1756-1:2019) exige caracterizaciones estrictas del riesgo geológico y el nivel freático. No obstante, la gran mayoría de las edificaciones afectadas son anteriores a esta actualización. Para zonas de sedimentos profundos como Caraballeda, los especialistas sugieren el uso de fundaciones profundas (pilotes de 12 a 30 metros) o losas de fundación robustas.

Finalmente, el profesor López alertó sobre un peligro latente adicional: las 63 presas de retención de sedimentos construidas después de 1999 montaña adentro podrían haber sufrido daños estructurales tras los terremotos y encontrarse ya al 70% de su capacidad. De no recibir mantenimiento preventivo, las lluvias actuales podrían desencadenar nuevos aludes torrenciales y poner en riesgo inminente a la población del litoral.

 

EL REGIONAL DEL ZULIA

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