POR: DR. PEDRO DUARTE
El mundo, visto en su conjunto histórico, ha sido un escenario recurrente de convulsiones profundas. No solo la tierra ha temblado bajo los pies del ser humano, sino que el propio ser humano ha hecho de la historia un campo de tensiones, guerras y dolor. La pregunta por el sufrimiento no es nueva; es tan antigua como la conciencia misma de la humanidad.
Desde comienzos del siglo XX, la humanidad ha transitado por una de las etapas más violentas de su historia. La Primera Guerra Mundial (1914–1918) abrió un ciclo de destrucción industrializada sin precedentes. Apenas dos décadas después, la Segunda Guerra Mundial (1939–1945) profundizó ese abismo moral con más de 60 millones de muertos y el horror sistemático del Holocausto, donde el pueblo judío, por quienes tengo un altísimo respeto, fue víctima de una de las más atroces expresiones del odio ideológico, bajo la sombra del nazismo, símbolo todavía vigente del terror y la deshumanización.
A ello le siguió la Guerra Fría, una tensión global sostenida entre potencias que dividió al mundo en bloques ideológicos y derivó en múltiples conflictos regionales en Asia, África y América Latina. Corea, Vietnam, Afganistán, Oriente Medio y diversos países africanos fueron escenario de guerras “locales” que en realidad respondían a un tablero global de poder. La historia reciente parece confirmar que el ser humano, en palabras de Thomas Hobbes, ha vivido muchas veces bajo la lógica del “homo homini lupus”: el hombre convertido en lobo del hombre.
Pero no solo la historia humana ha sido convulsionada por la violencia. La naturaleza también ha mostrado su fuerza implacable. Terremotos devastadores, como el de Haití en 2010, el de Japón en 2011 con su posterior tsunami, huracanes como Katrina o María, ciclones, deslaves, incendios forestales de gran escala y activaciones volcánicas han recordado la vulnerabilidad estructural de la vida humana sobre la Tierra. En América Latina y el Caribe, estos eventos han dejado huellas profundas de dolor y reconstrucción constante.
Venezuela no ha sido ajena a esta historia de la tierra que se sacude. El terremoto de Caracas de 1812 permanece como una de las tragedias fundacionales de nuestra memoria histórica. Y en tiempo muy reciente, los sismos de magnitud 7.2 y 7.5 que afectaron diferentes estados del País, han reabierto una herida conocida: la fragilidad de nuestras edificaciones, pero sobre todo, la fragilidad de la vida humana. Más allá de los daños materiales, lo que se impone siempre es la dimensión humana del sufrimiento: familias desplazadas, pérdidas irreparables, incertidumbre y dolor.
En medio de esta larga historia de sufrimiento humano, resuena con fuerza la voz de la conciencia creyente frente al misterio del mal. El Papa Benedicto XVI, al visitar el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, no eludió la pregunta más dura de todas. Allí, en el corazón del horror del siglo XX, se preguntó junto a la humanidad doliente:
“¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué hizo silencio? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?”
Estas preguntas no buscan respuestas fáciles, sino que colocan al ser humano frente al abismo del sufrimiento inocente. En ese mismo horizonte, la tradición bíblica ofrece la voz del justo Job, quien reconoce con humildad los límites de la comprensión humana ante el misterio divino: “Dios es más grande que el hombre” (cf. Job 36,26). Y sin embargo, en medio del dolor, Job no abandona la fe, sino que la radicaliza con una de las expresiones más conmovedoras de la confianza creyente: “Aunque me mate, en Él esperaré” (cf. Job 13,15).
La historia sagrada se encuentra también con testimonios humanos que estremecen. En el gueto de Varsovia, en 1943, un judío anónimo, antes de ser exterminado, dejó un mensaje dentro de una botella. En él escribía: “Creo en el Dios de Israel, aunque haya hecho todo para que no crea en Él, aunque haya escondido su rostro”. Y añadía, como testamento de fe en medio del abandono: “Si un día alguien encuentra este papel, tal vez entenderá el sentimiento de un judío que murió sintiéndose abandonado por Dios, pero que aun así siguió creyendo en Él”.
Estas palabras no son un rechazo a Dios, sino el grito desgarrador de una fe llevada al límite de la oscuridad. En ellas se expresa lo que muchos teólogos contemporáneos han señalado: el sufrimiento humano no destruye necesariamente la fe, sino que la purifica hasta sus raíces más profundas.
El propio Benedicto XVI, como teólogo antes que pontífice, insistió en que la respuesta cristiana al mal no puede ser una explicación fría, sino la contemplación del Dios que asume el sufrimiento humano en la cruz. En su reflexión teológica, recordaba que Dios no es indiferente al dolor del mundo, sino que lo asume en la historia de Cristo, donde el silencio de Dios alcanza su forma más dramática y, al mismo tiempo, más reveladora.
Desde esta perspectiva, los lamentos del ser humano no son blasfemia, sino oración desgarrada. Son el grito de la criatura que, herida por la historia, se atreve a decir: “Despierta, Señor, no tardes más; mira el sufrimiento de los inocentes; no dejes que el mal tenga la última palabra”.
Y sin embargo, en medio de este clamor, la fe cristiana sostiene una certeza: el dolor no es el destino final de la historia. La resurrección de Jesucristo abre un horizonte definitivo que no elimina la tragedia, pero la trasciende. Es ella la que impide que la desesperación tenga la última palabra sobre el ser humano y sobre la historia.
Por eso, aun en medio de los terremotos, de las guerras, de los genocidios de ayer y de hoy, y de la fragilidad de nuestra patria en este tiempo, la esperanza no se extingue. Permanece como una llama tenue pero invencible, sostenida por la promesa de que la vida, al final, prevalece sobre la muerte.
De igual manera vale la pena reflexionar desde la visión del gran teólogo Leonardo Boff, quien también ha reflexionado profundamente sobre esta interrogante, hablando del “silencio de Dios” ante el dolor humano. No como ausencia, sino como un misterio que interpela. En esta línea teológica, los lamentos humanos no son blasfemias, sino gritos legítimos de dolor: “¿Por qué te callas, Señor?”, “¿Por qué nos abandonas?”, preguntas que encuentran eco en el propio Cristo en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46).
Lejos de ser una negación de la fe, estas expresiones revelan la profundidad de la relación entre el ser humano y Dios. No son ruptura, sino diálogo en la oscuridad. El sufrimiento no elimina la presencia divina; la vuelve más difícil de percibir, pero no inexistente. Como sostiene Boff, el silencio de Dios no es indiferencia, sino el espacio donde la libertad humana y el misterio de la creación se encuentran.
La fe cristiana, sin embargo, no se detiene en el dolor. Lo atraviesa. La esperanza se sostiene en el acontecimiento central del cristianismo: la resurrección de Jesús de Nazaret. En ella se anticipa un horizonte de sentido que trasciende la tragedia. No se trata de negar el sufrimiento, sino de afirmarlo dentro de una promesa mayor.
En medio de los terremotos, de las guerras de ayer y de hoy, de los desastres naturales y de la vulnerabilidad humana, también emerge otra historia: la de la solidaridad. En cada socorrista, en cada médico, en cada ciudadano que comparte alimentos, medicinas o abrigo, se manifiesta una forma concreta de esperanza. Allí, en esos gestos sencillos y valientes, muchos creyentes ven también la presencia de Dios actuando en lo cotidiano.
Por eso, aun cuando la tierra se estremece y la historia parece repetirse en su dolor, la humanidad está llamada a no rendirse a la desesperanza. La fragilidad no es el final del camino. Es, quizás, el lugar donde más profundamente se revela lo humano y lo divino.
Porque si algo ha demostrado la historia es que, incluso entre ruinas, siempre vuelve a levantarse la vida.
“En el silencio de Dios, la esperanza aprende a hablar más fuerte.”
San Juan de la Cruz
Dr. Pedro Duarte
Abogado