POR: DIP. OMAR ÁVILA
Después de una tragedia, toda sociedad busca una forma de narrarse a sí misma lo ocurrido, necesita palabras para ordenar el miedo, imágenes para entender la magnitud del daño y símbolos que le permitan seguir respirando. En Venezuela, esa narración suele apoyarse en una idea profundamente arraigada: somos un pueblo que resiste, que se levanta, que ayuda, que no se rinde.
En medio de la pérdida, la esperanza es una herramienta de supervivencia, porque permite organizar la ayuda, sostener a los más vulnerables, acompañar a quienes no tienen fuerzas y reconstruir vínculos cuando todo parece haberse roto. Pero la esperanza también puede convertirse en una forma de simplificación, cuando se asume como positivismo obligatorio, porque corre el riesgo de pedirle silencio al dolor.
La tragedia en Venezuela exige una mirada más compleja, no se puede afirmar que “todo está destruido”, porque aunque hay sectores severamente afectados, familias desplazadas, viviendas dañadas, pérdidas humanas y materiales, miedo, incertidumbre y duelo; también hay zonas donde la vida cotidiana comenzó a reanudarse, comercios que abrieron, personas que regresaron al trabajo y comunidades que intentaron recuperar una normalidad mínima; esta diferencia no reduce la gravedad de lo ocurrido, la hace más precisa.
El sensacionalismo aparece cuando una parte del dolor se presenta como si fuera la totalidad de la realidad: muestra ruinas, llanto y desesperación, convierte la tragedia en una imagen absoluta, muchas veces útil para impactar, conmover o viralizar, pero no necesariamente para comprender, puede explotar el sufrimiento de las víctimas y convertirlo en consumo emocional o político.
Pero el positivismo acrítico también distorsiona, es la otra cara del mismo problema: si el sensacionalismo exagera la desgracia, el positivismo exagera la esperanza; donde uno dice “todo está perdido”, el otro responde “todo se puede superar”. Donde uno convierte a las víctimas en símbolos de dolor, el otro puede convertirlas en símbolos obligatorios de fortaleza. Ambos relatos, aunque parezcan opuestos, pueden impedirnos ver la realidad completa.
Después de una tragedia, decir que un pueblo es resiliente puede ser justo, pero también puede ser peligroso si esa palabra se usa para cerrar preguntas: ¿Por qué algunas comunidades eran más vulnerables? ¿Qué condiciones estructurales agravaron el daño? ¿Qué responsabilidades institucionales deben revisarse? ¿Quiénes están recibiendo ayuda y quiénes han quedado fuera del relato? ¿Qué ocurre con quienes no aparecen en las cámaras, con quienes no tienen voz pública, con quienes no pueden transformar su pérdida en una historia inspiradora?
La resiliencia no debería entenderse como obligación moral o consigna emocional. No se le puede pedir a quien perdió su casa, su familia o su seguridad que se convierta en ejemplo de fortaleza. Tampoco se puede reducir la recuperación a frases de ánimo, ya que levantarse no es un gesto emocional, es un proceso material, social y político: implica vivienda segura, servicios, atención médica, apoyo psicológico, información confiable, reconstrucción técnica y memoria colectiva.
Hay dolor que debe ser nombrado sin convertirlo en espectáculo; hay esperanza que debe ser cuidada sin convertirla en propaganda; hay solidaridad comunitaria que merece reconocimiento, pero que no puede sustituir las obligaciones del Estado ni las responsabilidades de quienes deben prevenir, responder y reconstruir.
El sensacionalismo es la sombra de la realidad, porque agranda el dolor hasta deformarlo; pero el positivismo acrítico también proyecta su sombra, ya que ilumina solo aquello que confirma la idea de fortaleza y deja en penumbra la rabia, el cansancio, la vulnerabilidad y la exigencia de respuestas.
La esperanza funcional es aquella que organiza, acompaña, exige, y reconstruye la realidad sin borrar la memoria. Una esperanza lúcida, es capaz de mirar de frente el dolor sin explotarlo y de reconocer la fuerza de la gente sin pedirle heroísmo permanente.
Un país se levanta cuando enfoca su visión en quienes quedaron atrás, cuando entiende que la dignidad de una tragedia está, precisamente, en no reducirla ni al desastre absoluto ni al optimismo obligatorio.
Dip. Omar Ávila
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