POR: DR. PEDRO DUARTE
El ser humano es, probablemente, la realidad más compleja que existe. Ninguna ciencia, ninguna filosofía y ninguna experiencia de vida han logrado agotarlo por completo. En cada persona conviven virtudes y debilidades, certezas y dudas, generosidad y egoísmo. Sin embargo, entre todas las inclinaciones que nos alejan de nuestra mejor versión, hay una especialmente peligrosa: la soberbia.
La filosofía clásica la entendió como la ilusión de la autosuficiencia. Para Aristóteles, la virtud siempre se encuentra en el justo equilibrio, mientras que el exceso conduce al error. Más tarde, Santo Tomás de Aquino describió la soberbia como el apetito desordenado de la propia excelencia, es decir, el deseo de colocarse por encima de los demás y de creer que nuestra opinión siempre prevalece sobre cualquier otra.
Desde el magisterio de la Iglesia, podemos reflexionar sobre este aspecto desde la perspectiva del Papa Francisco: «La soberbia nos hace creer que somos autosuficientes y termina alejándonos de Dios y de los demás. La humildad, en cambio, abre el corazón a la verdad, al servicio y al encuentro. Como recuerda el Papa Francisco, la humildad no es debilidad, sino el camino que permite al ser humano reconocer su verdadera grandeza delante de Dios.»
De igual forma creo muy apropiada la reflexión del Papa Benedicto XVI: «La humildad no disminuye al hombre; lo hace verdaderamente grande, porque le permite vivir en la verdad de sí mismo y abrirse al amor de Dios.»
Dominar la soberbia es una tarea diaria y solo quien aprende a reconocer sus límites, a escuchar, a pedir perdón y a servir con sencillez descubre la verdadera libertad interior. La humildad no nos empequeñece; nos engrandece, porque nos hace más humanos y nos acerca al corazón de Dios.
Quizá por eso nos cuesta tanto aceptar un consejo, escuchar una orientación o reconocer que alguien más puede tener razón. Con demasiada frecuencia discutimos no para encontrar la verdad, sino para imponer nuestro punto de vista. En ocasiones incluso llegamos a humillar al otro, creyendo que eso nos hace superiores, cuando en realidad solo revela nuestras inseguridades.
Las tragedias también ponen al descubierto esta condición humana. En lugar de despertar solidaridad, humildad y sentido de comunidad, muchas veces alimentan la búsqueda desesperada de culpables, incluso cuando se trata de fenómenos naturales que escapan por completo a la voluntad del hombre. Lo importante deja de ser aliviar el sufrimiento de las personas para convertir el dolor en un escenario donde algunos intentan validar posiciones personales o políticas. Esa actitud no construye; divide.
Frente a acontecimientos tan devastadores como un terremoto, lo verdaderamente valioso no es demostrar quién tenía razón, sino quién estuvo dispuesto a tender la mano, a servir y a reconstruir junto a los demás. La naturaleza no distingue ideologías ni preferencias; golpea a todos por igual y nos recuerda nuestra fragilidad. Al mismo tiempo, también deja lecciones sobre la importancia de construir con responsabilidad, aprender de la experiencia y trabajar unidos para proteger la vida.
Existe una antigua enseñanza sobre un hombre reconocido por su santidad. Mientras agonizaba, el maligno se acercó y le susurró: «Me ganaste; fuiste un hombre bueno». El anciano, con serenidad, respondió: «Todavía no». Minutos después entregó su alma. Comprendía que la soberbia puede aparecer incluso en el último momento de la existencia y que basta un instante de vanagloria para empañar toda una vida de humildad.
Quizá esa sea la gran lección: la soberbia no se vence una sola vez, sino todos los días. Combatirla exige aprender a escuchar, aceptar correcciones, valorar el aporte de los demás y comprender que ninguna obra verdaderamente grande ha sido fruto de una sola persona.
Solo cuando entendamos que cada ser humano aporta un grano de arena indispensable para el bien común, podremos construir una sociedad más humana, más solidaria y, sobre todo, más humilde.
“La soberbia convirtió a los ángeles en demonios; la humildad hace de los hombres ángeles”
San Agustín
Dr. Pedro Duarte
Abogado