POR: DR. PEDRO DUARTE
En la naturaleza, todo ser vivo cumple un ciclo: nace, crece, se reproduce y muere. Hasta allí, todo parece marchar en equilibrio. Pero dentro de ese ciclo natural existen diferencias profundas en la forma de vivir, actuar y dejar huella. Tomemos como ejemplo dos criaturas pequeñas pero reveladoras: la abeja y la mosca.
La mosca, a menudo considerada un ser desagradable, busca lo sucio, lo podrido, lo que ya ha perdido vida. Se posa sobre la descomposición, sobre los excrementos, y dondequiera que va, lleva consigo infección y contaminación. Representa la toxicidad que muchas veces también se ve en los comportamientos humanos: personas que llegan a un lugar lleno de armonía y lo enturbian con su negatividad, su crítica constante o su espíritu destructivo. Allí donde van, dejan desasosiego, tal como la mosca deja suciedad.
Por otro lado, la abeja, pequeña y trabajadora, busca lo bonito, lo puro. Se posa sobre las flores para tomar su néctar y, a partir de ese esfuerzo, produce la miel, símbolo de dulzura y bienestar. La abeja representa a quienes, con su presencia, llenan el ambiente de paz, esperanza y alegría. Son quienes, como San Francisco de Asís pedía en su oración, “donde haya odio, ponen amor; donde haya injuria, perdón; donde haya discordia, unión”.
El filósofo Séneca decía que “no hay viento favorable para quien no sabe a dónde va”, y eso aplica también al espíritu. Quien se comporta como mosca, sin propósito elevado, se deja arrastrar por el resentimiento y la envidia, y termina perdiendo su rumbo. En cambio, quien actúa como abeja, con propósito noble y voluntad de bien, convierte cada acto en un aporte a la armonía del mundo.
El Evangelio de Mateo 5, 9 nos recuerda: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Esa es la esencia del mensaje cristiano: ser instrumentos de paz, no de discordia; ser abejas que endulzan la vida, no moscas que la corrompen.
El Papa Francisco lo ha dicho con claridad: “No nos cansemos de hacer el bien; el bien siempre da fruto, aunque no lo veamos de inmediato.” Y esa es la clave. No se trata de ser perfectos, pues todos perdemos la paciencia alguna vez; se trata de que, a pesar de todo, lo positivo, lo noble y lo justo prevalezcan en nosotros.
Así que vale la pena preguntarse: ¿a cuál de estos dos pequeños seres nos parecemos más? ¿Somos quienes propagan paz y esperanza como la abeja, o quienes, como la mosca, llevan consigo contaminación y tristeza? En esa respuesta se juega gran parte de nuestra humanidad y de nuestro camino espiritual.
“Donde haya amor, allí está Dios.”
San Agustín
Dr. Pedro Duarte
Abogado