Por las calles de Maracaibo, entre el bullicio y el calor de la tarde, nació un cineasta que aprendió a mirar más allá del encuadre. Carlos Caridad Montero no solo filma: interpreta, transforma y revela. Su obra es un espejo roto que refleja las múltiples caras de Venezuela, con humor, con dolor, con belleza y con una profunda necesidad de contar lo que otros callan.
ACTO I: UNA PUERTA INESPERADA
En una casa marabina, entre cintas VHS y tardes de televisión, betamax, un niño soñaba con hacer cine. No había escuelas de cine en Venezuela, ni recursos para estudiar en el extranjero. Pero el destino, como en sus películaS, le ofreció una puerta inesperada: una beca en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba, fundada por Gabriel García Márquez. Allí se especializó en Dirección, y desde ese momento comenzó a forjar su lenguaje cinematográfico.
Su primer trabajo profesional fue aprobado por Channel Four en Londres: un documental sobre las curvas de San Pablo, en Lara, que usaba la geografía como metáfora de la situación venezolana. Desde entonces, su cine ha sido eso: metáfora, crítica, y poesía visual.

ACTO II: DE LA PUBLICIDAD AL SURREALISMO
Carlos Caridad Montero transitó por la publicidad, los noticieros, los cortometrajes documentales como su primer trabajo Sólo nosotros y los Dinosaurios, entre otros. Pero fue en 2014 cuando su nombre se inscribió en la historia del cine venezolano con 3 Bellezas, una sátira feroz sobre los concursos de belleza. La inspiración llegó en un Miss Venezuela gay, que en un principio esperaba por referencias un ambiente siniestro, pero que al final no lo era tanto. Allí, una señora fuera de lugar disfrutaba el espectáculo. Esa imagen lo persiguió.
“Después de acudir a ese evento para hacer cámara, un amigo me pidió que le escribiera una historia sobre concursos de belleza en Venezuela y fue cuando escribí 3 Bellezas, inspirada en ese personaje misterioso que estaba en ese sitio donde no encajaba. Comencé a imaginarme como sería la vida de esa señora. Así nació Perla, el personaje central de mi película”.
Todo esto se da porque para Caridad, las historias no se escriben: se revelan de forma misteriosa.“A veces me inspira una imagen, a veces un personaje o una curiosidad, siempre son cosas muy al azar. Empiezo con una imagen, luego va el personaje y desde allí voy desarrollando las historias”.
Sus obras, aunque parezcan rocambolescas y surrealistas, Carlos asegura que nacen de experiencias personales, del humor marabino, de detalles familiares. Son fragmentos de vida convertidos en cine.

ACTO III TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA: EL MAESTRO DIRECTO
Las influencias cinematográficas de Carlos Caridad Montero son tan ricas como diversas, y revelan mucho sobre el tipo de cine que aspira a crear: uno que desafía la linealidad, que se atreve a explorar lo absurdo, lo íntimo y lo político desde una estética profundamente latinoamericana.
Caridad estudió bajo la tutela del legendario cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, director de obras icónicas como Memorias del Subdesarrollo (1968), La Muerte de un Burócrata (1966) y Fresa y Chocolate (1993). Esta influencia no fue solo académica, sino espiritual: Caridad admira la capacidad de Gutiérrez Alea para retratar la complejidad social sin caer en el panfleto o lo aburrido.
“Para mí Memorias del Subdesarrollo es una de las grandes películas del cine latinoamericano y quizás del mundo, compleja, profunda, donde el maestro Gutiérrez Alea utiliza todos los recursos del montaje, del lenguaje cinematográfica para contar una historia que no necesariamente es lineal. Este es el cine que busco hacer”.
Otra influencia clave es el cineasta estadounidense Jim Jarmusch, especialmente su película Stranger Than Paradise (1984). Caridad confiesa que esta obra “le voló la mente” cuando la vio por primera vez, por su capacidad de contar una historia con recursos mínimos, pero con una estética poderosa. El estilo contemplativo, los silencios, el humor seco y la narrativa fragmentada de Jarmusch se reflejan en el tono surrealista y a veces absurdo de los cortos y largometrajes de Caridad.
Además de estos referentes específicos, Caridad tiene al cine latinoamericano como espejo, ese cine que explora la identidad, la marginalidad y la memoria. Su obra dialoga con películas que no temen mostrar lo incómodo, lo grotesco o lo contradictorio del ser latinoamericano.

ACTO IV: CINE EN TIEMPOS DE CRISIS
Durante la pandemia, cuando el país se sumía en incertidumbre, Caridad filmó Hijos de la Revolución, una obra influenciada por su maestro Tomás Gutiérrez Alea, al convertirla en una película que lleva el eco de ese cine comprometido, reflexivo y profundamente humano de su maestro.
“Hijos de la Revolución es una reflexión sobre 25 años tumultuosos de nuestra historia reciente. Como dice uno de los personajes del film, es un intento de descubrir cómo fue que nos convertimos en lo que somos, como país, como gentilicio”, asegura Caridad.
Pese a que Hijos de la Revolución aún no se estrena en Venezuela, sí se presentó en la muestra de Cinema Venezuela, en Miami, que se desarrolló del 7 al 10 de septiembre de este año en The Bill Cosford Cinema de la Universidad de Miami, en Coral Gables, mientras que en la pasada edición del Festival de Cine Venezolano, Naomi de Oliveira se llevó el premio a la mejor actriz protagónica y Jeska Ruiz, el de mejor actriz de reparto.
Luego vino La chica del alquiler, una comedia romántica con una sátira feroz que recuerda el cine de Luis Buñuel, aunque con un sabor local marabino.
Esta obra lo conectó con productoras internacionales, logrando que Sony Pictures lo contratara para la posproducción de Rosario Tijeras, serie para Netflix en Colombia.
Hoy, edita películas para plataformas globales, mientras escribe varios guiones, entre ellos, su primera cinta autobiográfica, donde quiere contar un poco la experiencia que he tenido haciendo cine; y un thriller medio aterrador que espera financiamiento.

ACTO V: EL ZULIA COMO UNIVERSO NARRATIVO
Es evidente que la influencia del trabajo cinematográfico de Caridad es tu entorno: Maracaibo.
Maracaibo no es solo su ciudad natal: es su musa. Le ha dedicado dos documentales, uno sobre historia y otro sobre las potencialidades que pudiera tener en un futuro que se llama Zulia Tierra de Oportunidades.
Caridad sueña con capturar su esencia de ser zuliano: esa forma de hablar, el bullicio, los colores, su luz, el humor, la exageración, el caos urbano, el calor humano en la que estuvo sumida durante su infancia, adolescencia y juventud. “Extraño las conversaciones en el frente de la casa, el fresco de la tarde, y esa capacidad inmensa de los zulianos de emprender y de seguir adelante pese a la situación más desventajosa”.
Más allá de los cineastas, toda esas esencia de ser zuliano se filtra en sus personajes y escenarios. Caridad no solo filma desde Maracaibo, filma a Maracaibo. Su cine es un homenaje a esa ciudad excesiva que lo formó, y que sigue apareciendo como telón de fondo emocional en sus historias. Su cine busca preservar esa memoria, esa identidad que se desvanece.

ACTO VI: EL CINE VENEZOLANO Y SU FRONTERA
Caridad reflexiona sobre el estancamiento del cine nacional. “Durante años hicimos cine para nosotros, sin pensar en el mundo”, dice.
Pero reconoce que las cosas están cambiando poco a poco, y ahora con la diáspora venezolana que ha comenzado a establecer diálogos con otras cinematografías ve un panorama más luminoso para el cine nacional.
“Cineastas zulianos como Patricia Ortega que ha hecho tres películas en Sevilla, España, Carlos Malavé que esta en Colombia, Diego Vicentini en Miami estrenando Simón; están abriendo caminos”.
Sostiene que la temática venezolana empieza a aparecer en historias internacionales. “Cada día vemos más personajes y actores venezolanos en historias latinoamericanas o españolas”
Su consejo a las nuevas generaciones: contar historias locales con mirada universal. Porque solo así el cine venezolano podrá salir del aislamiento para ocupar su lugar en el mapa global.
Caridad también indica que si hay algo que se le reconoce al cine venezolano es que, “nos ha ayudado a reconocernos como país, a darle forma a una identidad bastante nebulosa como país, pero que está allí”.
El cine nacional, según Caridad, ha conectado con el alma de los venezolanos en la mayoría de los casos.
“Lamentablemente también hemos tenido un cine propagandístico, que no conecta, porque es un cine que tiene como objetivo último hacer una propaganda política y disimular en la medida de lo posible la realidad venezolana; pero cuando toca en profundidad nuestros grandes temas tiene una conexión increíble con los venezolanos”.

EPÍLOGO: EL CINE COMO RESISTENCIA
Carlos Caridad Montero no hace cine para entretener. Lo hace para resistir, para recordar, para incomodar. Su obra es testimonio de un país que se transforma, de una ciudad que grita, de una infancia que sueña. Y mientras haya una imagen que lo inspire, habrá una historia que contar.
Porque en el cine de Caridad, cada plano es una pregunta, cada personaje una herida, y cada película, un acto de fe en el poder de la narrativa.
