POR: DR. PEDRO DUARTE
Hace apenas unos días, viajando por la carretera de Maracaibo hacia Cabimas, mientras cruzaba nuestro majestuoso Puente G/J Rafael Urdaneta observaba el horizonte inmenso del Zulia y el sol escondiéndose lentamente sobre la tierra caliente. En ese momento escuché nuevamente una canción de aquel gran músico y compositor británico George Harrison: All Things Must Pass “Todas las cosas deben pasar”. Y debo confesar que aquella melodía, sencilla y melancólica, se convirtió en una profunda invitación a reflexionar sobre uno de los temas más importantes de la vida espiritual y humana: el desapego.
La canción de Harrison nace de una verdad que atraviesa la historia de la humanidad y que ha sido comprendida por filósofos, santos y hombres sabios de todos los tiempos: nada en este mundo permanece para siempre. El atardecer más hermoso desaparece en pocos minutos; una conversación entrañable termina; una comida muy buena y compartiendo concluye; incluso la música, que parece tocar el alma, se desvanece mientras las notas avanzan hacia el silencio. Todo pasa. Todo cambia. Todo muere.
Esa misma intuición aparece magistralmente expresada en el libro del Eclesiastés, cuando Qohelet proclama: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. La palabra hebrea utilizada allí, hevel, significa algo semejante a vapor, brisa o burbuja. La vida humana muchas veces se parece a eso: una burbuja hermosa que brilla por un momento y luego desaparece.
Cuántas veces el ser humano entrega toda su existencia a acumular riquezas, honores o poder. Se desvela trabajando, se angustia, compite, se consume tratando de obtener reconocimiento o bienes materiales, pensando quizás que allí encontrará la plenitud definitiva. Pero el tiempo termina recordándonos una verdad inevitable: nada de eso puede retenerse eternamente. Todo queda atrás. Todo pasa de unas manos a otras.
Sin embargo, esta reflexión no debe llevarnos al pesimismo ni al desprecio por la vida. El desapego no significa odiar el mundo, ni renunciar a la belleza de las cosas sencillas. Al contrario: significa aprender a amarlas correctamente. Disfrutar un atardecer sin querer poseerlo. Agradecer la casa que tenemos sin convertirla en el centro absoluto de nuestra existencia. Valorar los afectos, los reconocimientos y los bienes, pero comprendiendo que ninguno de ellos puede llenar plenamente el corazón humano.
San Pablo lo expresa con claridad cuando invita a “buscar los bienes de arriba”. No se trata de escapar de la tierra, sino de entender que la verdadera felicidad no depende de aquello que inevitablemente se desvanece. El desapego nos enseña a vivir con libertad interior, sin cadenas invisibles hacia lo material, hacia el ego o hacia la obsesión por aparentar.
Quizás el gran drama de nuestro tiempo sea precisamente el exceso de apego: apego al dinero, a la imagen, al poder, al reconocimiento inmediato. Vivimos en una sociedad que nos impulsa constantemente a acumular y competir, olvidando que el alma humana necesita algo más profundo: serenidad, sentido, amor y trascendencia.
Ese mismo drama humano aparece con fuerza en el Evangelio cuando Jesús narra la parábola del hombre rico que había obtenido una cosecha extraordinaria. El hombre, satisfecho consigo mismo, se pregunta: “¿Qué haré? porque no tengo ya dónde almacenar mi cosecha”. Podríamos traducirlo hoy al lenguaje contemporáneo: un gran empresario, un magnate financiero, alguien que posee inversiones, mansiones, carros de lujo y cuentas repletas de efectivo. Entonces decide: “Derribaré mis graneros y construiré otros más grandes”. Es decir, acumular más, guardar más, asegurar más.
Y luego se dice a sí mismo: “Descansa, come, bebe y date a la buena vida”. Ahí se encuentra el gran engaño del apego: creer que la seguridad definitiva del alma puede construirse sobre bienes materiales. Pensar que la abundancia económica basta para garantizar la felicidad, la paz o la eternidad.
Pero el Evangelio introduce de pronto una frase estremecedora y de verdad dura: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?”. Toda una vida dedicada únicamente a acumular termina enfrentándose a la verdad inevitable de la fragilidad humana. Todo aquello que parecía permanente cambia de dueño en un instante incluso para quien nunca lo trabajó. Las riquezas, las propiedades, los reconocimientos y los logros quedan atrás.
La enseñanza de Cristo no es una condena al trabajo, ni al esfuerzo, ni siquiera a la prosperidad honestamente alcanzada. Lo que cuestiona es el corazón esclavizado por la posesión, el alma que cree que vale por lo que tiene y no por lo que es delante de Dios. Porque cuando los seres humanos convertimos las cosas materiales en nuestro refugio absoluto, terminamos vacíos, incluso en medio de la abundancia.
El desapego, entonces, no consiste en vivir sin nada, sino en no permitir que nada nos posea interiormente. Consiste en comprender que la vida es un préstamo pasajero y que lo verdaderamente importante no cabe dentro de un granero, ni en una cuenta bancaria, ni en los aplausos del mundo.
Por eso, mientras avanzaba por aquella carretera Lara-Zulia escuchando a George Harrison cantar que “todas las cosas deben pasar” y en su estribillo agrega también «todas las cosas deben morir», profundice que el desapego no es una pérdida, sino una forma de sabiduría. Porque quien aprende a soltar también aprende a vivir con mayor paz. Y quien deja de aferrarse desesperadamente a lo pasajero descubre finalmente el valor de lo eterno.
Como escribió San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”.
Dr. Pedro Duarte
Abogado