POR: DR. PEDRO DUARTE
En un mundo tan contaminado, saturado de porquería, de negatividad, de incertidumbre y de guerras (pequeñas y grandes, abiertas y silenciosas, como bien lo señaló el Papa Francisco), escribir se convierte a veces en una necesidad vital. Cuando me provoca, lo hago sobre aquello que siempre llama mi atención: la vida, la naturaleza humana, su complejidad, los autores que he leído, la experiencia propia o, simplemente, cualquier pensamiento que en el momento me pide salir del pecho para plasmarse en el papel.
Quien me conoce sabe de mi posición política de izquierda y del profundo respeto hacia quienes piensan distinto. No todos deben pensar como Yo, y precisamente en la sana discusión, en el intercambio sensato de visiones del mundo, es donde pueden exponerse las ideas sin caer jamás en la ofensa. Eso sí: con los sensatos, con quienes defienden sus argumentos desde la razón y desde la decencia, sin menospreciar ni faltar a algo tan grande y tan sagrado como lo es la Patria. Bien lejos aquellos que se escudan en el fanatismo, los que están dispuestos a vender el País por defender intereses mezquinos, personales, aunque ello implique consecuencias nefastas para todos.
Pero los últimos acontecimientos protagonizados por el gobierno de Estados Unidos (y, de manera particular, por quien hoy lo dirige) sobrepasan cualquier límite. Son grotescos, groseros, exagerados, absurdos. Hablo del cierre del espacio aéreo hacia Venezuela. Una medida hostil que raya en lo inaudito.
Y es allí donde surge una pregunta clave: ¿Qué es el espacio aéreo?
El espacio aéreo es la franja de soberanía absoluta que posee cada nación sobre el cielo que cubre su territorio. No es una entelequia. No es un favor. No es un préstamo. Es un derecho consagrado en el derecho internacional público y reafirmado en nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aquella que nos dimos todos los venezolanos en la Asamblea Nacional Constituyente de 1.999. El espacio aéreo es parte inseparable de nuestra soberanía, tan sagrada como el territorio y el mar.
Entonces, ¿de dónde sale semejante atrocidad? ¿Qué papel juegan los organismos internacionales llamados a defender la legalidad? ¿Dónde está su pronunciamiento firme frente a esta evidente agresión?
Y lo más doloroso: ¿podrá alguien que diga Ser Venezolano (más allá de su postura política o partidista) apoyar semejante barbaridad?
¿Acaso alguien ha visto una guerra donde realmente “alguien gana”? ¿Ha visto alguien una bomba con nombre y apellido, dirigida sólo al opositor o sólo al oficialista, sólo al azul, al amarillo o al rojo? No. La destrucción no distingue. La muerte no pregunta. Y los traidores siempre terminan quedando sin Patria, sin honor y sin futuro, colgados simbólicamente en la plaza de la historia.
Una locura como esta requiere una respuesta unísona de todos los venezolanos. Quienes convivimos en esta tierra llamada Venezuela debemos defender con firmeza nuestra soberanía y nuestra libertad, forjadas con la sangre de Hombres y Mujeres valientes que conquistaron la independencia para siempre. Somos libres, soberanos e independientes. Y ningún poder extranjero tiene autoridad moral para imponer bloqueos, chantajes, ni medidas coercitivas unilaterales que buscan asfixiar al pueblo en el marco de esa guerra no convencional de quinta generación.
Es momento de poner nuestras energías, nuestras voces y hasta nuestras oraciones para que cese tanta insensatez. Que las potencias entiendan cuánto bien podrían hacer en el mundo si usaran su fuerza para la paz y no para desestabilizar naciones que sólo desean vivir en libertad y ayudar a quien lo necesite.
“Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”.
Mario Benedetti
Dr. Pedro Duarte
Abogado