POR: DR. PEDRO DUARTE
Se ha dicho muchas veces que la parábola del Hijo Pródigo es un evangelio dentro del evangelio. No en vano, Jesús la pronunció con la fuerza de lo sencillo: una historia que parece común y sin embargo encierra la profundidad del misterio humano y divino.
El hijo menor pide su herencia antes de tiempo. El Padre, sin reproches, se la entrega: respeta la libertad de quien todavía no comprende el peso de lo que recibe. Y aquel joven, deslumbrado por los placeres fáciles, malgasta todo en excesos, hasta quedar reducido a la humillación de cuidar cerdos y envidiarles la comida. Allí, en la miseria, nace la conciencia: la necesidad de volver. Ensaya un discurso de arrepentimiento, palabras que nunca terminará de pronunciar, porque el Padre, al verlo a lo lejos, corre a su encuentro y lo abraza. Ese abrazo desarma cualquier explicación, restaura la dignidad y enciende la fiesta del perdón.
Pero el relato no termina allí. El hijo mayor se siente herido: él, siempre fiel, nunca recibió un festejo semejante. Y el Padre, una vez más, enseña: “Hijo, todo lo mío es tuyo, pero era necesario celebrar, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”.
En esas dos reacciones, la del hijo menor que regresa humillado y la del hijo mayor que se resiste a perdonar, caben nuestras propias contradicciones. A veces somos el que se pierde, otras el que se niega a comprender la misericordia. Sin embargo, la enseñanza permanece intacta: el Padre nunca cierra la puerta, nunca deja de esperar, nunca retira el abrazo.
Esta parábola no es solo un recuerdo piadoso; es un espejo. Nos recuerda que nadie está libre de caer, pero también que nadie está excluido de levantarse. Como escribió Séneca, “el verdadero valor no consiste en no caer jamás, sino en levantarse siempre después de la caída”.
Quizás por eso esta historia sigue conmoviendo a generaciones enteras: porque todos hemos sido pródigos alguna vez, todos hemos sentido el peso del error y la nostalgia del regreso. Lo esencial es no olvidar que el camino de vuelta siempre está abierto, que el perdón es más fuerte que la culpa, y que en el abrazo del Padre se desvanecen las palabras y comienza de nuevo la vida.
En tiempos donde juzgar parece más fácil que comprender, esta parábola nos recuerda que lo único verdaderamente definitivo es el perdón.
“Equivocarse es propio del hombre; persistir en el error, propio del necio; arrepentirse, propio del sabio.”
San Agustín
Dr. Pedro Duarte
Abogado