DR. PEDRO DUARTE
Cada año, en el cuarto domingo de Pascua, la Iglesia celebra la figura del Buen Pastor. No es una imagen decorativa ni un simple recurso simbólico: es una de las metáforas más profundas para comprender el sentido del cuidado, del liderazgo y del amor que guía.
En el lenguaje cotidiano, un pastor es quien cuida un rebaño. Vigila, protege, conduce hacia buenos pastos y defiende ante los peligros. Es alguien atento, constante, que no abandona. No es un líder distante, sino uno que camina con los suyos.
Pero esta imagen sencilla adquiere una profundidad mayor cuando se contempla desde la filosofía. El “pastor” ha sido entendido como figura del guía que orienta la vida humana. El filósofo Michel Foucault habló del “poder pastoral” como una forma de conducción que no se impone solo por autoridad, sino que se ejerce acompañando, conociendo y cuidando individualmente a cada persona. Es un liderazgo que no se limita a mandar, sino que se compromete con el destino del otro.
Desde la teología, la figura del pastor alcanza su plenitud en Jesucristo, el Buen Pastor por excelencia. Él mismo lo afirma en el Evangelio: “Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen”. Aquí hay una revelación esencial: no se trata de una relación anónima o impersonal, sino de un vínculo profundo, donde cada uno es conocido por su nombre.
Para la mentalidad hebrea, el nombre no es un simple dato: expresa identidad, historia y pertenencia. Por eso, cuando Dios se revela a Moisés como “Yo soy el que soy”, no ofrece un nombre que lo limite, sino una afirmación de su ser absoluto. El ser humano no puede poseer a Dios; sin embargo, Dios sí conoce y llama a cada persona en lo más íntimo de su existencia.
Este es el rasgo central del verdadero pastor: conoce, no de manera superficial, sino profundamente. Está presente antes, durante y después. No abandona en la dificultad ni desaparece en la rutina. Vive pendiente de aquellos que le han sido confiados.
El Papa Francisco ha insistido en una expresión tan gráfica como exigente: el pastor debe “oler a oveja”. Es decir, debe estar cerca, implicarse, compartir la vida concreta del pueblo. No basta dirigir desde la distancia; hay que caminar delante para guiar, en medio para acompañar y detrás para sostener a quien se queda rezagado.
Esta visión trasciende lo estrictamente religioso. También en la vida social, en la empresa, en la política o en la educación, el verdadero líder es aquel que actúa como pastor: atento, cercano, comprometido. Un buen gerente, por ejemplo, no es solo quien obtiene resultados, sino quien conoce a su equipo, lo acompaña en sus procesos y permanece en los momentos difíciles.
El filósofo Aristóteles recordaba que “el todo es más que la suma de sus partes”, subrayando la importancia de la comunidad. Y el historiador Arnold J. Toynbee observaba que las civilizaciones avanzan cuando surgen líderes capaces de responder creativamente a los desafíos de su tiempo. En ambos casos, aparece implícita la figura del guía que no se impone, sino que orienta.
Hoy, en medio de un mundo marcado por la incertidumbre, la prisa y la fragmentación, la necesidad de verdaderos pastores es más urgente que nunca. Personas capaces de conducir hacia la paz, de generar confianza, de sembrar esperanza.
El Buen Pastor no busca dominar, sino servir. No busca poseer, sino cuidar. No busca imponerse, sino acompañar. Y quizá ahí esté la clave más profunda: solo quien ama de verdad es capaz de guiar, porque al final, el pastor auténtico no solo conduce hacia el camino, sino que se convierte él mismo en camino de paz.
“Jesús, el Buen Pastor, no solo guía desde lejos: conoce a cada uno por su nombre y entrega su vida por sus ovejas; en Él, la autoridad se convierte en servicio y el poder en amor”.
Benedicto XVI
Dr. Pedro Duarte
Abogado