EL RICO Y EL MENDIGO

por Mileydi Piña
PEDDRO DUARTE OPINION

POR: DR. PEDRO DUARTE

A lo largo de la historia se ha debatido mucho sobre la riqueza y la pobreza, sobre si ser rico es, en sí mismo, algo negativo, y si ser pobre garantiza automáticamente la entrada en el Reino de los cielos. En el plano de la fe y de la teología, estas preguntas se concentran en una parábola que Jesús dejó como enseñanza: El rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se contraponen dos realidades extremas: la abundancia desmedida y la miseria absoluta. Sin embargo, la enseñanza central no es un juicio contra los bienes materiales, sino una advertencia sobre el apego y la indiferencia.

El evangelista Lucas coloca esta historia como una exageración pedagógica, una forma de catequizar con ejemplos radicales: el rico que banquetea cada día y el pobre que agoniza a sus puertas. No se trata de afirmar que todos los ricos se condenan y todos los pobres se salvan, sino de mostrar que la indiferencia hacia el sufrimiento del otro mata el alma. Lo que está en juego no es la cantidad de dinero, sino el corazón.

Porque, ¿qué diferencia hay entre el corazón soberbio de un rico y el de un pobre que, aun sin tener, está lleno de orgullo y resentimiento? En esencia, ninguna. La soberbia puede anidar tanto en quien tiene mucho como en quien no posee nada. Lo decisivo entonces, no es la posición social, sino la actitud interior: un rico generoso puede ser más cercano a Dios que un pobre arrogante.

Jesucristo apunta al desprendimiento. El problema no es tener, sino hacer de la riqueza un ídolo. Todo lo que poseemos de más se convierte en responsabilidad: debemos compartirlo con quienes tienen menos. La vida eterna no se gana por acumular ni por la sola condición de pobreza material, sino por vivir con un corazón abierto a la misericordia.

En la actualidad, la parábola sigue siendo un espejo. No basta con indignarnos por la desigualdad; estamos llamados a trabajar para que los más pobres tengan acceso a los derechos universales básicos: salud, agua, educación, vivienda. Pero al mismo tiempo, el pobre debe cuidarse de la tentación de la envidia y del orgullo que destruye la convivencia. La enseñanza es doble: nadie está excluido del llamado a la humildad y a la generosidad.

Y esta generosidad, según el Evangelio de Lucas, debe ser vivida sin buscar aplausos ni reconocimientos. Hoy, la tentación se disfraza en la necesidad de exhibirlo todo: la ayuda social grabada en un video, la foto de un acto de caridad en el celular, la publicidad de lo que debería ser un acto de amor silencioso. Jesús nos recuerda: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3). La verdadera caridad no busca “likes”, busca transformar vidas.

El verdadero tesoro no está en el oro ni en los bienes, sino en un corazón que sabe amar y compartir. Como recordaba San Juan Crisóstomo: “No dar a los pobres lo que nos sobra es robarles; los bienes que poseemos no son nuestros, sino de ellos.” Al final, el desprendimiento es la llave que abre el cielo, porque nos hace semejantes a Cristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros.

“Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible, y de repente estarás haciendo lo imposible. La verdadera riqueza consiste en ser pobre con Cristo pobre.”

San Francisco de Asís

 

Dr. Pedro Duarte

Abogado         

 

 

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