EL SILENCIO DE LA SENSATEZ: RECONSTRUCCIÓN Y RESPETO DESDE EL DOLOR DE LA GUAIRA

por Mileydi Piña
LUIS AUGUSTO MARTÍNEZ

POR: LUIS MARTINEZ 

 

El silencio no es el vacío de una historia, sino el inicio del único capítulo que realmente importa ante la tragedia: el de la cordura. En momentos donde el país aún llora a sus muertos y la tierra sigue doliendo, detener la diatriba y deponer las agendas particulares no es una capitulación política. Cuando el costo de una crisis se mide en vidas sepultadas bajo los escombros y en miles de familias que lo perdieron todo, el verdadero acto de valentía no es seguir alimentando la confrontación, sino tener la lucidez y el respeto de guardar silencio para escuchar el sufrimiento del otro. El cese de los señalamientos públicos es, ante todo, un llamado urgente a la decencia.

La Guaira se alza hoy no como un escenario para el debate, sino como una tierra de profunda e histórica resiliencia que vuelve a mirar de frente a sus ruinas. Esta costa, que sabe con dolor lo que significa levantarse desde el lodo y los bloques caídos, nos enseña con su propio llanto que la reconstrucción social debe nacer desde el territorio, allí donde la necesidad se padece en carne propia. No es posible sanar un país herido desde los fríos e indiferentes despachos de las capitales; es en las calles agrietadas, en los refugios temporales y en los puertos de las regiones donde se respira la verdadera urgencia de aliviar el alma de nuestra gente.

Cualquier esfuerzo por levantar una pared, por abrir una vía o por trazar un nuevo camino debe cimentarse sobre un núcleo moral que hoy es sagrado e innegociable: el respeto absoluto por el dolor de las víctimas que nos ha dejado esta catástrofe. Honrar su memoria y el vacío insoportable de quienes hoy extrañan a un ser querido no se logra con discursos encendidos, promesas de asfalto ni con la mezquina búsqueda de ventajas políticas en medio de la emergencia. El mayor tributo que podemos ofrecer a los que hoy padecen es la garantía de que no permitiremos que su sufrimiento sea utilizado como bandera de propaganda o trofeo de descrédito. El respeto comienza cuando la política se calla, se quita el sombrero ante la tragedia y asume la lección con profunda humildad.

Para empezar a recoger los escombros y transformarlos de nuevo en hogares, no necesitamos un consenso absoluto sobre el destino del país. Pretenderlo en este momento de fractura moral sería insensato. Lo que la realidad nos exige con desesperación es la búsqueda de acuerdos mínimos de supervivencia que unan a los sectores más distantes en una sola tarea humana: el restablecimiento inmediato del agua y la luz en los sectores devastados, la distribución oportuna de la ayuda humanitaria libre de cualquier sospecha ideológica, y la suma de voluntades técnicas que permita levantar de nuevo el comercio y el sustento diario de las localidades afectadas. Estos mínimos comunes no representan la renuncia a las propias ideas; son las vigas de madera que sostienen el techo bajo el cual debemos resguardarnos todos mientras pasa la tormenta.

Mirar el horizonte desde La Guaira, con sus puertos golpeados pero aún de pie, nos recuerda que estamos hechos para conectar, sostenernos mutuamente y avanzar juntos en las horas más oscuras. Es hora de dejar atrás el conflicto estéril que solo añade amargura a un pueblo que ya ha llorado suficiente. El respeto al dolor de nuestra gente debe ser la fuerza que transforme la polarización en obras concretas, el desconsuelo en justicia constructiva y el territorio en un espacio de paz. La reconstrucción de Venezuela ya no puede esperar por voluntades perfectas ni por treguas políticas calculadas; debe comenzar hoy, con la mirada húmeda pero puesta en el mañana, y con la sensatez como la única bandera posible frente a la adversidad.

 

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