POR: DR. PEDRO DUARTE
Vivimos en un mundo convulsionado, saturado de información, de sonidos, de pantallas y de voces que compiten por nuestra atención. La tecnología, los conflictos y lo rápido parecen haber desterrado el silencio. Sin embargo, en medio de este ruido constante, se nos invita (casi se nos suplica) hacer pausas, detenernos un momento y reencontrarnos con el silencio.
El silencio no es mera ausencia de ruido. Es una presencia profunda, una forma de escucha interior que nos reconcilia con lo esencial. Como decía el filósofo danés Søren Kierkegaard, “el silencio es la comunión del alma con Dios”. En el silencio encontramos respuestas que el bullicio del mundo ahoga.
Friedrich Nietzsche, por su parte, afirmaba que “el camino más seguro para corromper a una juventud es enseñarle a estimar más a los que piensan igual que a los que piensan distinto”. Y es que solo el silencio nos permite escuchar lo distinto: al otro, a la naturaleza, a Dios y a nosotros mismos.
El silencio, bien entendido, es un bálsamo para el alma; nos beneficia en lo espiritual, en lo emocional y en lo humano. Nos enseña prudencia, equilibrio, serenidad. Hay momentos en la vida donde lo mejor es guardar silencio: ante la extrema felicidad y ante la extrema incomodidad. En ambos casos, el alma se expresa mejor cuando calla.
Ese silencio humano, el que nos separa del ruido externo, es apenas el primer paso. Más profundo aún es el silencio interior, aquel que nos conduce a hacernos las preguntas esenciales: ¿Qué soy? ¿Dónde estoy? ¿Para qué vine? ¿Cuál es mi misión? ¿Cuál es el sentido de la vida?
En ese diálogo callado con nosotros mismos, el alma se purifica. San Juan de la Cruz decía: “El alma que anda en amor ni cansa ni se cansa”, y ese amor solo se descubre en el silencio de la oración y de la contemplación.
No todos estamos llamados a la vida de clausura, como los monjes o las monjas que consagran su existencia al silencio perpetuo. Pero si todos necesitamos momentos de retiro, de recogimiento, de pausa. Porque el silencio es también una forma de sabiduría. Saber callar a tiempo es prudencia. Saber escuchar el silencio, es madurez.
En tiempos tan duros y ruidosos como los que vivimos, el silencio se convierte en una resistencia. En una manera de reencontrarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos.
Quizás por eso, Thomas Carlyle escribió: “El silencio es el elemento en el que se forman las grandes cosas”. Y es cierto. Solo en el silencio germina lo verdaderamente profundo.
Dr. Pedro Duarte
Abogado
“El silencio es una fuente de gran fortaleza.”
— Lao Tsé