POR: DR. PEDRO DUARTE
Abogado
Al llegar al quinto domingo de Cuaresma, el corazón del creyente se dispone con mayor intensidad a la cercanía de la Semana Mayor. Nos aproximamos al misterio central de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En este camino espiritual, la Palabra de Dios nos regala una de las escenas más profundamente humanas y reveladoras del Evangelio: Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro.
El relato es conocido, pero nunca deja de interpelarnos. Jesús llega tarde, aparentemente. Lázaro ha muerto y ya han pasado cuatro días. Marta sale a su encuentro y expresa su fe: “Sé que resucitará en el último día”. Jesús le responde con una afirmación que atraviesa la historia: “Yo soy la resurrección y la vida”. Luego aparece María, que, con el corazón desgarrado, cae a sus pies repitiendo el dolor que muchas veces también es nuestro: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.
Y en ese momento ocurre algo tan sencillo como profundamente transformador: Jesús llora.
En una cultura donde por mucho tiempo se ha asociado el llanto (especialmente en el hombre) con debilidad, este gesto rompe esquemas. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no reprime su emoción, no disimula su dolor, no se esconde detrás de palabras vacías. Llora. Se conmueve. Se solidariza. Se hace cercano.
Hoy, incluso la ciencia (desde la psicología, la psiquiatría y la antropología) nos recuerda la importancia de expresar los sentimientos, de permitir que el dolor encuentre cauce. Jesús ya nos lo enseñaba con su vida: el sufrimiento compartido no disminuye la dignidad, la engrandece.
En medio del duelo, Jesús no ofrece discursos largos. A veces, como bien sabemos por experiencia, no hay palabras suficientes ante la muerte o el sufrimiento profundo. Basta la presencia, el abrazo, el silencio solidario. Jesús nos enseña que acompañar es también una forma de amar.
Pero el relato no se queda en el llanto. Jesús, conmovido, se dirige al sepulcro. Pide que retiren la piedra, aun cuando ya “huele mal”, signo de que humanamente todo parece terminado. Y entonces, elevando su mirada al Padre, clama: “¡Lázaro, sal fuera!”. Y la vida vuelve a abrirse paso.
Aquí se nos revela otra enseñanza: Jesús no es indiferente al dolor humano, pero tampoco se queda en él. Lo transforma. Donde hay muerte, siembra esperanza. Donde hay desesperanza, abre camino a la vida.
Es importante también comprender que lo sucedido con Lázaro es un “volver a la vida”, no la resurrección definitiva. Lázaro volvería a morir. En cambio, la resurrección que Cristo nos promete (y que celebramos en la Pascua) es vida nueva, plena y eterna, una vida que no termina jamás.
En este tiempo de Cuaresma, este Evangelio nos invita a revisar nuestra relación con el dolor, con la fe y con la esperanza. Nos presenta a un Jesús cercano, empático, profundamente humano, que camina con nosotros en nuestras pruebas. Un Jesús que llora con nosotros, pero también nos llama a salir de nuestras “tumbas”, de aquello que nos ata, de aquello que nos impide vivir plenamente.
Como nos recuerda el Papa Francisco: “Jesús no es indiferente a nuestro dolor; Él lo toma sobre sí y nos invita a confiar, porque donde parece que todo ha terminado, Dios hace surgir una vida nueva.”
Preparémonos entonces con profundidad para la Semana Mayor. Acerquémonos a ese Cristo que consuela, que comprende, que levanta y que salva. A ese Cristo que nos dice también hoy: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.
Porque si Jesús lloró, es porque ama. Y si ama, es porque nunca nos abandona.
“Dios no es un ser lejano; en Jesucristo se ha hecho cercano, visible y tangible para nosotros.”
Papa Benedicto XVI
Dr. Pedro Duarte
Abogado