ACTO I: EL ORIGEN DEL DIRECTOR
Nacido en Maracaibo, un 15 de diciembre de 1959 en el Hospital Central, lo que lo hace más maracucho que “El Policía del Vallejo; no en vano este centro asistencial es el más antiguo en funcionamiento de Venezuela.
De raíces italianas, pero corazón zuliano, dice ser descendiente de la mezcla ítala más rara que existe. “Nací entre dos salsas, papá, Enzo Pradelli, del norte de Italia (Salsa Boloñesa) y mamá del sur (Salsa Napolitana). Pero eso no desvirtuó su criterio vivo de idiosincrasia. “Para mí lo mejor es Venezuela, el Zulia, Maracaibo; y para ellos, por supuesto Italia”.
Pradelli descubrió su vocación detrás de una cámara filmadora super 8, que su mamá, Bianca Vaccariello, le regaló a su padre en un cumpleaños, que era lo más avanzado para la época. “Tomé la cámara y comencé a llevarla a nuestros viajes, y mi papá como una especie de payaso de circo, era mi actor favorito; y así me fui convirtiendo en el camarógrafo social de la familia. Entonces sin buscar encontré una adorable atracción por el plano, la profundidad, la dirección”.
Su pasión por retratar la esencia de su ciudad lo llevó a realizar obras teatrales, documentales que reconstruían la identidad marabina, capturando imágenes que hablaban más que cualquier discurso político.
Cuenta Pradellí que con 12 años estaba empecinado en convertirse en piloto de carreras de carros y motos, pero sus padres conscientes de los peligros de la velocidad, lo castigan enviándolo a un internado en Colombia cuando tenía 15 años.
El castigo se transformó en bendición al acercarlo al teatro de calle y universitario. “En Colombia me topé con el teatro en Pamplona, donde decidí a atreverme a hacer teatro, hacer cortos y luego hacer un largo.
De regreso a Maracaibo con 18 años iniciará sus estudios en la institución que siluetará su agudeza mental de cineasta: La Universidad del Zulia.
A la pregunta de cuáles considero sus mejores maestros en la Universidad, refiere que muchos, porque todos sus profesores dejaron algo importante en su vida profesional, indicando que hasta del más malo se nutrió. “Sin embargo, me atrevo a nombrar a la profesora Johannah Blundun, que ya no está entre nosotros, ella fue quien me hizo descubrir en su materia Comunicación Fotográfica, un mundo más allá de lo que se puede ver; la profundidad, el contexto, el contenido, el decir cosas sin hablar”.
“Los malos me enseñaron a no ser conformista, indisciplinado, impuntual; pero, además de la profesora Jhoannah, mi gran maestro fue el mundo de la Universidad del Zulia, ese mundo que me abrió la oportunidad de darlo todo. Me dijo tú decides: ser del común o ser diferente.
La universidad del Zulia para mi es como esa madre que abrió mi mente, en mi carrera de Comunicación Social. Mención Audiovisual, dándome la capacidad de empezar a escribir, de hacer mis propios guiones y de soñar con dirigir.
Antes de la universidad estaba haciendo mis cortometrajes, durante la universidad hice mis documentales y terminando la universidad hice mi película”.
Pradelli no se siente capaz de nombrar una película que haya marcado su vida, porque tiene una mina de ellas codificadas en su memoria, pero se atreve a decir que todo partió desde su admiración por el neorrealismo italiano, con el que entendió que pese a no tener el capital financiero de Hollywood o la distribución del cine internacional, se puede hacer cine desde lo humilde, lo sencillo, lo realista. “Descubrí que ese cine era tangible. Al ver Cinema Paradiso, entendí que estaba en buen camino”.
Sin embargo entre sus rebusques mentales saca un conejo del sombrero: Orinoko, Nuevo Mundo de Diego Rísquez, hecha en un formato super 8.
“Sí me atrevo a nombrar esa película, porque era muy parecida a mi trabajo, a mi contenido. Era una cosa tan artística y lenta, en la que me dormí varias veces, pero no por aburrida sino porque me atrofiaba la mente y tenía que descansar para seguir disfrutándola. Diego con esa producción me hizo entender que el cine es arte, y que haciendo cine podía alcanzar lo que quisiera”.
Interior – Estudio de edición – Noche.
Cintas magnéticas giran. Pradelli observa cada cuadro como si fuera una pincelada de historia. “No quería contar una historia, quería preservar una memoria”, murmura mientras ajusta el contraste de una escena.

ACTO II: EL NACIMIENTO DE JÓLIGUD
Inspirado por Crónicas de El Saladillo del historiador Rutilio Ortega, Pradelli dirige Jóligud en 1990, el primer largometraje de ficción producido en el Zulia.
Todo comenzó con un concurso para guiones convocado por Foncine en Caracas, donde Jóligud, obtuvo el primer lugar y el premio era dinero constante y sonante. Comprometidos para darle una razón a ese premio se compraron todos los rollos 16mm para hacer la película. El tiempo pasaba y entre el miedo de perder el material y el momento, llega la posibilidad de la mano de Kromatica Producciones Audiovisuales.
Sin querer queriendo fueron los primeros. “Queríamos llevar a la pantalla grande lo que se estaba viviendo en el mundo, que era el cine neorrealista, una tendencia italiana, que de alguna manera coincidía con mi descendencia europea. Todo era un trabajo de realidad, con actores, situaciones y locaciones reales”.
“Me sentí sumamente orgulloso de ser el primer cineasta en hacer un largo en el Zulia, aunque ser primero o último no dice nada”.
Joligud, su historia, gira en torno a Sarita, una joven cuya belleza es vista por sus vecinos como el pasaporte a Hollywood, o como ellos lo pronuncian, “Jóligud”. En medio de la amenaza de demolición del barrio por el gobierno, Sarita, interpretada por Marau Robelo, se convierte en símbolo de esperanza y resistencia, cuya fama al llegar a la meca del cine, podría salvarlos de la extinción.
“Yo venia de hacer cortometrajes sobre las islas y las costas del lago de Maracaibo, y me me había ido bien con reconocimientos nacionales e internacionales. Sin embargo, la experiencia de hacer micros infantiles fue la que nos despertó la idea de hacer ficción. Fue increíble trabajar con tanta gente y sobre todo la seguridad que me dio contar con un excelente equipo. Fue gratificante poder hacer de la nada este proyecto”.
Con el dominio adquirido, Pradelli dice haber desarrollado una técnica mágica: no imponer su posición frente a los actores y técnicos sino que cada uno de ellos diera su mejor versión en el set de grabación e incluso mejorara la propuesta.
Pradellí sacó adelante su sueño al lado de un talentoso grupo de jóvenes cineastas de la época en distintos roles de la producción, como Ricardo Rubio, Ricardo Ball, José Luis Angarita, Tony Romero, Régulo Rincón, Gloria Ávila, Jesús Moreno, Liliana Blanco, Rosa María Atencio, Angélica Taborda, entre tantos otros, que hoy por hoy, forman parte de esa generación cinematográfica precursora de la Universidad del Zulia.
Aunque la experiencia apenas se estaba forjando, el resultado de esa producción, fue el florecimiento de una gran cantidad de artistas capacitados en el área cinematográfica, camarógrafos, equipos de iluminación y de producción. La filmación de Jóligud les abriría un abánico de posibilidades de trabajo sin estancarlos solo en el periodismo. “Eramos todos comunicadores sociales que habíamos hecho teatro, cortos, y ahora estábamos en el mundo de la publicidad y la televisión. No hicimos una fábrica de películas, pero sí hicimos un fábricas de equipos de producción que se movieron hacia Caracas y fuera del país para sacar adelante sus proyectos”.

Exterior – Calle Carabobo – Mediodía.
Niños juegan mientras se filma una escena. Vecinos observan con orgullo. La cámara capta la esencia de un pueblo que se aferra a sus raíces.
Pradelli se siente como ese niño protagonista de la película, y sin quererlo hasta llegó a ser parte de elenco de su película, escenificando al gringo cazatalentos que venía a buscar una actriz el barrio, que por cosas del destino le tocó suplantar al actor seleccionado que nunca llegó al rodaje. “Eso fue un cierre mágico para mí, porque ese niño que se interpola en esos cuentos de Rutilio, y que son la esencia de mi película, soy yo, y el adulto de esa película termine siendo yo”.
Jóligud no solo fue cine: fue protesta, fue poesía, fue memoria. “Jóligud son anécdotas que yo viví desde niño y las enfrenté al guión de Rutilio con su historia maravilloso, Crónicas del Saladillo.Una historia que me atrevería a decir, debe estar en la educación de literatura marabina como un texto que se debe revisar, por su fuerza, por su crudeza. Una prosa grotesca, pero realista y maracucha 100 por ciento.

ACTO III: LEGADO Y RECONSTRUCCIÓN
Aunque Pradelli no volvió a dirigir otro largometraje, su impacto fue profundo. Jóligud se convirtió en una bofetada simbólica a los políticos que destruyeron El Saladillo. Desde entonces, el cineasta ha impulsado proyectos culturales como Caribe Concert, un espacio dedicado a exaltar la belleza tradicional de Maracaibo.
Para Pradelli la realidad del cine venezolano es dolorosa. “Antes se hablaba de una industria de cine, que nunca se dio porque en Venezuela el cine no es rentable. Hagas lo que hagas nunca va a funcionar solo con las salas de cine. Nosotros cuando terminamos Jóligud pasamos por todo el ABC del cine, llegando hasta vender y promocionar la película, pese a que pasamos dos meses y medio en cartelera, y siendo una de las cinco películas del país mas taquilleras en ese momento. Competíamos con Macu, la mujer del policía de de la directora sueca-venezolana Solveig Hoogesteijn. ”Nunca vimos las letras chiquitas del contrato, por lo que, a pesar del éxito de la película, el resultado financiero fue irrisorio”.
Un cheque sin cobrar, guardado como un recuerdo de algo fallido, es de lo que habla Pradelli, tras su exitosa obra.
“Le retribuimos la deuda al Estado, lo que nos dio para la producción fue pagada, pero nada pasó. Sin embargo, nos dirigimos hacia los comerciales de televisión y cine en 35 mm, las campañas publicitarias y todos nos llenamos de trabajo, hasta llegamos a ser gerentes y productores de las principales televisoras regionales de la ciudad”.
Pradellí espera que ese tiempo de hacer cine en Venezuela como un piloto de la F1, donde sino tienes detrás una familia, una industria o un financiamiento fuerte, no eras cineasta; se acabe.
“Esa situación te marca porque quieres hacer algo que es casi imposible de hacer, sin embargo en la actualidad el cine venezolano tiene entendimiento social y entendimiento político”.
El cine venezolano ha crecido un mil por ciento, asegura el cineasta. “Antes el sonido de las películas era malo, la dirección fotografía siempre fue una cosa improvisada, la producción y los guiones carecían de calidad, aunque siempre hubo obras prominentes, sin atreverme a nombrar una en especifico, porque nombrar algunas y no nombrarlas todas es como no decir nada. El 90 por ciento del cine que se hacía no gustaba, porque era muy realista. El cine nacional no hizo su propio público, y de eso siguen pecando un poco en la actualidad”, indica.
Para Augusto el cine tiene que morderse, masticarse, y para él, muchos no lo hacen. Colocó como ejemplo la producción de novelas venezolanas, que por mucho tiempo fue la mas grande del mundo, preguntándose, entonces por qué el cine no puede hacer lo mismo.
Lamenta que a pesar de que hacer cine en Venezuela es mucho más barato que en cualquier parte del mundo, no se aprovecha esa ventaja, porque no han entendido ese fenómeno. “El cine venezolano puede ser sumamente rentable, por eso sueño con que la calle Carabobo de Maracaibo sea transformado en el estudio natural abierto para grabaciones cinematográficas más importante del país”.

Interior – Teatro vacío – Tarde.
Pradelli se sienta en la última fila. En la pantalla, Sarita camina con un libro en la cabeza, guiada por Vicentico, mezcla de inglés y sueños rotos. El director sonríe. “El Zulia para mi es la maravilla del universo”, dice Augusto y vuelve a sonreír.
“Y no soy regionalista, pero todas las cosas que encierra el Zulia no las tiene un continente completo. Venezuela es un país poderoso. Tiene todo, pero sobre todo cultura. Gente que no es comparable con nada, algún día nos darán la razón de lo que somos y de lo que somos capaces de hacer. Somos un país único, maravilloso, sin comparación con nada.
Pero esta faltando algo- ah ya sé- un cine que trasmita todo eso, que me haga reír, sentir, disfrutar. Que me haga sentir orgullo de ser venezolano”.
Qué le está faltando al cine nacional, según Augusto: que deje huellas, con proyectos que contengan el humor, la frescura y la improvisación del venezolano. “Ahora mismo hay películas donde destellan un poco estas cosas. Es muy rico ir en ese camino resaltando la frescura, la alegría de ser venezolano”.
Hoy en día este perseverante cineasta tiene proyectos personales en marcha. Dice que son unos cinco propios y otros cinco propuestas que han llegado a sus manos. “Hasta de películas de marcianos, con guiones hechos en Venezuela tengo en mis manos. Aunque siempre está la duda de que si lograrán surtir el efecto que uno espera”.
“Para hacer cine hay que atreverse, hay que ser muy subrealista, no hay que tener los sentidos muy cuerdos, porque sino nunca vas a hacer cine. Hay que ser un poco arriesgado y loco, para arriesgarse en ese mundo donde nadie va a tocar tu puerta para darte un presupuesto, tienes que buscarlo, insistir y es un poco lo que falta”.
He aquí la pregunta de las mil lochas: volverá a dirigir Pradelli tras haber pasado por todo este sinsabor: estoy dispuesto, estoy loco por hacerlo. Vienen cosas buenas para la ciudad, para el país y Venezuela que se prepara para un gran momento cósmico, universal, donde el venezolano va a ser protagonista en esos aspectos que nos hacen ser diferentes , porque somos grandes seres humanos.


