POR: DR. PEDRO DUARTE
En tantas oportunidades hemos escuchado decir, ante actos casi inexplicables: “Esa persona no tiene conciencia”. Y surge entonces la gran pregunta: ¿qué es la conciencia? ¿Qué entendemos realmente por conciencia?
La conciencia es una de esas realidades misteriosas que acompañan al Ser Humano desde el principio de los tiempos. Algunos la han llamado la voz interior, otros el reflejo del alma. San Agustín decía que “la conciencia es como un juez interior que no podemos sobornar”, mientras que Santo Tomás de Aquino la definía como “el acto por el cual aplicamos el conocimiento del bien y del mal a nuestros actos”.
Desde la filosofía, Descartes la entendió como el núcleo del pensamiento: “Pienso, luego existo”. Kierkegaard la veía como la relación del hombre consigo mismo delante de Dios. Y desde la mirada de la Iglesia, el Papa Francisco nos recuerda que “la conciencia no es un espejo que refleja la Ley, sino un lugar donde el hombre escucha la voz de Dios que le llama al bien”.
¿Puede existir un Ser Humano sin conciencia? Quizás no, pero sí puede llegar a un estado tal de perversidad que la apague, que la ensucie, que la ignore. En el lenguaje popular se dice: “tiene la conciencia sucia” o, por el contrario, “duerme con la conciencia tranquila”. Son expresiones que revelan lo más íntimo del alma.
Un funcionario público que maltrata al pueblo pudiendo servirle; un profesional que actúa fuera de la ética, engañando, manipulando o traicionando la confianza, ¿podrá realmente tener la conciencia tranquila? ¿Podrá dormir en paz quien destruye la dignidad del otro?
Algunos dicen que la conciencia habla. Otros, que es Dios quien habla a través de ella. Lo cierto es que no hay almohada más cómoda que una conciencia tranquila. Por eso debemos trabajar, cada día, para mantenerla limpia, serena, sin mancha de culpa.
La vida, de una u otra forma, cobra las cuentas. Puede que la justicia humana falle, pero la justicia divina no prescribe. “Habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó misericordia —dice la Escritura—, aunque la misericordia triunfa sobre el juicio.” (Santiago 2,13).
Dios es amor, y su misericordia es infinita. Pero la vida no es indiferente: todo acto tiene consecuencia, toda acción genera una energía que, tarde o temprano, vuelve a su origen. La física cuántica lo expresa de otro modo, pero con la misma esencia: nada se pierde, todo se transforma.
Por eso es necesario volver a educar en la ética, en el bien, en el valor de tener una conciencia limpia. Irnos a la cama y dormir tranquilos, sabiendo que no hemos hecho daño a nadie, que hemos sido leales, que hemos ayudado donde pudimos.
Vivir con una conciencia tranquila no es un lujo moral, es una necesidad del alma. Porque quien traiciona su conciencia, se traiciona a sí mismo.
Y como dijo Immanuel Kant, el gran filósofo de la razón moral:
“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.
“La conciencia recta es la voz de Dios que resuena en el corazón del hombre”
Santo Tomás de Aquino
Dr. Pedro Duarte
Abogado