En el universo del cine venezolano, donde cada historia es una batalla ganada contra el olvido, emerge una voz que no solo narra, sino que ora, abraza y transforma. Rebeca Oria, guionista de la película Creer o Morir, no escribe desde la técnica, sino desde el llamado. Su pluma no busca el aplauso, sino la redención. Y su obra, más que una película, es una declaración espiritual.
Para Rebeca Oria de Bueno, su película Creer o Morir no es solo un guion llevado a la pantalla. Es una experiencia mística. Es una mezcla de gratitud y propósito. “Cada escena, cada diálogo, cada silencio tiene una carga espiritual que me conmueve profundamente”, confiesa. Ser parte de esta producción fue, para ella, como caminar sobre tierra sagrada. La película se convierte en un altar donde se honra la fe, la introspección y la esperanza.
Desde su rol como guionista, Rebeca se ve como un instrumento llamado a servir desde la escritura. Y ese servicio se extiende más allá de las palabras: es una plataforma para talentos emergentes, desde actores como Omalbito, Isabel Padrón, Anita Acurero, Ángel Díaz, hasta los extras como Jemin Mejías y los niños de la comunidad de La Rosa en Cabimas, ciudad donde fue ambientada esta historia. “Verlos brillar me llena de esperanza”, dice con emoción.

DE LAS TABLAS AL CELULOIDE. WL VIAJE DE UNA NARRADORA
El camino de Rebeca comenzó en el teatro, escribiendo obras que buscaban conmover, despertar, sanar. Pero fue Néstor “Kiki” Villalobos quien la impulsó a mirar hacia el cine. “Recuerdo que me senté en la computadora de mi esposo Samuel y soñé despierta”, rememora. Así nació la idea de una película sobre un niño al cuidado de su abuela, inspirada en las historias de sus estudiantes de primaria, marcadas por el éxodo familiar y la figura redentora de la abuela que se queda.
Ese sueño no era solo suyo. Era el eco de una Venezuela que duele y resiste. “Creo que Dios me fue preparando para esto, día tras día, sin que yo lo supiera”, afirma. Hoy, cada historia que escribe es una oración, una ofrenda, una forma de servir.”No hubo un plan consciente, pero sí una guía invisible que me llevó a descubrir que escribir guiones era parte de mi propósito de vida”.

CINE COMO ESPEJO EMOCIONAL
Rebeca no escribe desde la distancia. Sus guiones están tejidos con hilos de su propia vida. “Hay escenas que nacen de mis heridas, otras de mis reconciliaciones”, revela. En Creer o Morir, hay fragmentos de su infancia, de su fe, de sus luchas como mujer venezolana. Cada personaje es un universo que representa una generación, una memoria colectiva.
El cine, para ella, es una herramienta de sanación. “Escribir fue una forma de abrazar esas historias, de convertir el sufrimiento en posibilidad de redención”. Su visión es espiritual y comunitaria: contar lo que duele, lo que salva, lo que transforma. “Escribo para despertar”.
El rechazo y el abandono son dos sentimientos terribles que marcan profundamente a cualquier ser humano, indicó la guionista, por eso cree que esas huellas solo se pueden borrar con el perdón y la empatía. “Desde esa Venezuela emocional que siente, que llora, que resiste, quise reflejar ese dolor como contexto, pero también como carne viva en los personajes”.
Rebeca no eligió el cine. El cine la eligió a ella. “Llegó como una revelación silenciosa, como una respuesta a preguntas que aún no sabía formular”, dice. Mientras escribía teatro y facilitaba talleres, Dios sembraba en ella una sensibilidad narrativa que solo el cine podía contener.
Se enamoró de su capacidad de integrar lo visual, lo sonoro, lo emocional y lo social. “No fue una decisión técnica, fue una llamada”, afirma. Y esa llamada se convirtió en un grito de apertura con Creer o Morir: “¡Eureka! Logré lo que buscaba”.
“Siempre estuve vinculada a las artes escénicas, y ahora entiendo que fue una prelación inconsciente conectar con Kiki, y que mientras él se formaba como director, yo estuviera viviendo mi propia escuela desde Venezuela. Todo eso me hace pensar en un plan divino”, explicó.
EL CINE QUE SE SIENTE
Rebeca desea que Creer o Morir no solo se vea, sino que se sienta. Que cada espectador se encuentre a sí mismo en algún personaje, en algún silencio, en alguna herida que se transforma. “Que sea una chispa que despierte conversaciones profundas, reconciliaciones necesarias y fe en medio del caos”.
También espera que la película abra caminos para otros talentos, que reafirme al cine venezolano como espacio de verdad, belleza y propósito. “Si quienes la vean sienten que algo invisible los tocó, entonces el arte cumplió su misión”.
Lo que buscan con esta producción es que sirva de puente entre generaciones que necesitan volver a creer.
TRES VERSIONES DE SÍ MISMA
Con una formación en cinematografía principalmente vivencial y autodidacta, complementada por talleres y experiencias que han entrelazado con su labor educativa, Rebeca, nacida un 12 de marzo de 1973, dice entre risas, ser parte de la generación de la resiliencia y muchas historias por contar.
Rebeca quiere ser recordada como maestra de profesión, escritora de vocación y pastora por llamado. “Tres versiones de mí que no compiten, sino que se abrazan”, dice. Su propósito es ser faro para que otros se descubran, se reconcilien con su historia y se activen en su llamado.
Desde Cabimas, tierra de petróleo y poesía, desde el Zulia de alma musical y rebelde, y desde una Venezuela que no se rinde, Rebeca escribe con fe. “Transformamos el dolor en arte, la escasez en creatividad, la fe en acción”.

UNA NARRATIVA DE HISTORIAS ALECCIONADORAS
Si alguna película marcó la vida de Rebeca, esas historias fueron, según nos refiere, Casablanca, que le enseñó que el amor también puede ser renuncia y que los grandes gestos nacen en medio del conflicto; Angry Men, que le mostró el poder de la conciencia individual frente a la presión colectiva, y cómo una sola voz puede cambiar el destino de muchos; y Cinema Paradiso, que le recordó que la memoria, el arte y la infancia están profundamente entrelazados.
Adicional a este background cinéfilo está su maestro, Jesús Castillo, quien la hizo comprender la estructura y el alma de un guion cinematográfico para diferenciar entre narrar y construir para la pantalla. “Más adelante, Néstor “Kiki” Villalobos ha sido una especie de tutor, un compañero de visión que me impulsó a creer en mi voz como guionista”. Sin embargo asegura que su escuela ha sido la vida misma, su materia prima: los niños que enseñé, las comunidades que pastoreado historias que escuché y las heridas que sané.
Rebeca define el cine venezolano con una sola palabra: valiente. Explica que a pesar de las dificultades económicas, técnicas y sociales, sigue pariendo historias necesarias. Reconoce a directores que rompieron el molde como Román Chalbaud, con su mirada crítica y teatral; Margot Benacerraf, pionera con Araya; Fina Torres, que abrió caminos internacionales; Marcel Rasquin, con Hermano; quienes narraron sus historias desde lo local con mirada universal, y lo está haciendo con pasión, creatividad y resistencia. ; mientras celebra a nuevas voces como Carlos Daniel Malavé, Mariana Rondón, Ignacio Márquez, Gustavo Rondón Córdova, y los hermanos Luis y Andrés Eduardo Hueck.
Pero lanza una advertencia: “Para que esta voz no se apague, es urgente invertir en el cine. Apoyar el cine es creer en nosotros mismos. Y hoy más que nunca, necesitamos creer”.

