POR: DR. PEDRO DUARTE
Cada Diciembre, como un susurro que retorna con fidelidad, comienza a escucharse una palabra que atraviesa generaciones y culturas: Navidad. La radio, la televisión, los periódicos que aún resisten el paso del tiempo y las redes sociales elevan su canto. Surgen gaitas, villancicos y melodías que, en nuestra tierra, encuentran su expresión más auténtica en los ritmos tradicionales. Y junto a la música aparecen las luces, los dulces típicos, las comidas y los preparativos que anuncian que algo se acerca.
A mitad de mes ya se percibe un cambio en el ánimo colectivo. Se conversa sobre hallacas, pan de jamón, perniles, intercambios de regalos y estrenos. Las ciudades se iluminan y, por un instante, pareciera que la vida se hace más ligera.
Pero conviene detenernos y preguntarnos: ¿es esto la Navidad? ¿Se reduce únicamente a la tradición, la mesa y la celebración?
Para comprenderla en su plenitud, debemos volver la mirada a aquello que muchas veces queda opacado: el Adviento. Son cuatro semanas, cuatro velas, cuatro temas que marcan un camino espiritual (esperanza, paz, alegría y amor). Este tiempo no es un adorno litúrgico; es la antesala de un acontecimiento que cambió la historia humana: Dios se hace hombre.
El Creador del universo decide entrar en nuestra fragilidad, asumir nuestra condición y nacer en la humildad de un pesebre.
Allí se encuentra la verdad profunda de la Navidad. No se trata de un recuerdo romántico ni de un rito social: es una invitación interior. Es la pregunta sobre cómo preparamos el corazón para recibir a quien baja para encontrarse con nosotros. Es preguntarnos qué actitud llevamos ante ese Dios que llega en silencio, sin poder aparente, pero con una grandeza que desmonta toda la prepotencia que pueda existir.
La Navidad no debe ser un breve paréntesis emocional antes de retomar las luchas cotidianas. La Navidad es una forma de caminar la vida. Es un itinerario que debería extenderse a todo el año: un proceso de caídas y levantadas, sostenido siempre por la presencia cercana de Dios hecho hombre. Un Dios que no observa desde lejos, sino que camina a nuestro lado, que consuela, fortalece y renueva.
Necesitamos, sí, una Navidad feliz. Pero, más profundamente, necesitamos una Navidad que permanezca, que inspire, que ampare y que transforme el ánimo con la luz serena que procede del pesebre. Una Navidad que nos recuerde que la verdadera plenitud no está en lo material, sino en la paz interior, en la misericordia y en la esperanza que brota de Dios Todopoderoso.
“La Navidad es el encuentro con un Dios que no se queda lejos, sino que se acerca, que comparte nuestra vida y nos regala su alegría.”
Papa Francisco
Dr. Pedro Duarte
Abogado