POR: DR. PEDRO DUARTE
La solidaridad, en su sentido más esencial, es un lazo humano que trasciende los intereses personales. Es la capacidad de reconocer en el otro una parte de nosotros mismos y actuar en consecuencia. No se trata solo de “dar”, sino de compartir; no únicamente de “ayudar”, sino de acompañar. Una sociedad solidaria no se mide por la cantidad de ayudas que reparte, sino por el grado de empatía que construye entre sus miembros.
Sin embargo, en los tiempos que corren, el término parece haber perdido fuerza por su uso indiscriminado. Se habla de solidaridad para describir desde una colecta benéfica hasta una campaña publicitaria. Y aunque toda forma de ayuda tiene valor, no toda refleja el verdadero espíritu solidario. La solidaridad no es un gesto de superioridad moral, ni un instrumento para ganar simpatías. Es, más bien, un acto de humildad, de reconocimiento de la vulnerabilidad compartida.
Ser solidario no significa darlo todo al punto de quedarse vacío, pero sí implica dar lo que cuesta. Lo verdaderamente solidario no es lo que sobra, sino aquello que tiene un valor para quien lo entrega. La solidaridad genuina siempre conlleva una renuncia, aunque sea pequeña: tiempo, comodidad, recursos, ego. Pero esa renuncia no empobrece; por el contrario, enriquece, porque en ella se reafirma la dignidad humana.
El filósofo Emmanuel Lévinas reflexionaba que “la responsabilidad por el otro es anterior a toda elección”. Es decir, que antes de decidir, ya somos responsables del otro por el simple hecho de coexistir. En esa idea se funda una solidaridad que no se calcula ni se administra: se vive. Para Lévinas, el rostro del otro nos interpela y nos exige, porque nos revela nuestra propia humanidad. Desde esa mirada ética, la solidaridad no es un acto opcional, sino una consecuencia natural de Ser Humanos en relación.
Por su parte, el Papa Francisco siempre insistió en que la solidaridad “no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas cercanas o lejanas, sino la firme determinación de empeñarse por el bien común”. En su encíclica Fratelli Tutti, el Pontífice recuerda que nadie se salva sólo y que la verdadera fraternidad requiere una apertura que rompa los muros de la indiferencia. La solidaridad, según Francisco, no se trata sólo de asistir al necesitado, sino de transformar las estructuras que generan exclusión.
Existen pueblos donde la solidaridad se ha vuelto un rasgo cultural, una forma de resistencia ante la adversidad. Comunidades que, en medio de crisis o tragedias, se organizan para ayudar a los suyos sin esperar nada a cambio. Esa solidaridad colectiva, que brota del dolor compartido, es una de las expresiones más puras del espíritu humano. Es la que teje comunidad, la que da sentido a la palabra “nosotros”.
Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea recuperar la autenticidad de la solidaridad. En un mundo cada vez más individualista, donde el éxito se mide por la acumulación y no por el vínculo, ser solidario parece un acto contracultural. Pero es justamente allí donde la solidaridad cobra su verdadero poder: cuando se ejerce no por costumbre, sino por convicción.
Ser solidario no es darlo todo a ciegas, sino dar con conciencia, sabiendo que cada gesto puede transformar una vida. Es tender la mano sin preguntar a quién, pero también sin perderse en el intento. Es comprender que, al final, nadie se salva sólo. Porque la solidaridad (esa palabra tantas veces repetida, a veces vacía, a veces sublime) sigue siendo la más alta forma de humanidad compartida.
“La solidaridad no es un sentimiento superficial, sino la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común”.
San Juan Pablo II
Dr. Pedro Duarte
Abogado