POR: DR. PEDRO DUARTE
Cuando leo el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto (narrado en los Evangelios, particularmente en Evangelio según San Mateo 4, 1-11) siempre me sumerjo en la profundidad y grandeza de su mensaje. Es una escena sobria, casi silenciosa, pero de una densidad espiritual inmensa. Dice la Escritura que fue el Espíritu quien condujo a Jesús al desierto. No fue el azar ni la huida: fue el Espíritu. Y allí, en ese espacio de soledad, arena y hambre, se produce el combate.
Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, experimenta tres tentaciones fuertes: convertir las piedras en pan, lanzarse desde lo alto para que los ángeles lo rescaten (parafraseando incluso un salmo) y adorar al maligno a cambio de poder y reinos. Hambre, espectáculo y dominio. Necesidad material, manipulación de Dios y ambición de poder. Tres heridas que atraviesan la historia humana.
Jesús responde con firmeza: “No sólo de pan vive el hombre”; “No tentarás al Señor tu Dios”; “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”. No dialoga con la mentira, no negocia con el mal. Se apoya en la Palabra. Como diría San Agustín de Hipona: “El enemigo fue vencido no con poder, sino con la verdad”.
Pero sería ingenuo pensar que aquello fue un episodio aislado, exclusivo de Cristo. El desierto no es sólo geografía; es símbolo. El desierto es la vida. Es ese espacio donde a veces sólo encontramos arena, calor, silencio, espejismos. Donde hubo agua y ahora quedan piedras. Tiempos duros. Momentos de prueba. Allí cualquiera puede flaquear.
Hoy también atravesamos el desierto. Las tentaciones no han cambiado de rostro, sólo de apariencia. El pan se traduce en obsesión por lo material, en reducir la vida al consumo. El tentar a Dios aparece cuando exigimos milagros a nuestra medida, cuando queremos una fe sin cruz. Y la sed de poder se manifiesta en la ambición desmedida, en el deseo de dominar, en la tentación de vender principios por ventajas.
Como recordaba el Papa Francisco en una homilía cuaresmal, el diablo propone caminos fáciles, pero que no llevan a la verdadera felicidad. La tentación siempre ofrece atajos; Dios, en cambio, propone caminos de fidelidad. Y esos caminos forman el carácter, fortalecen la virtud, purifican el corazón.
El apóstol San Pablo nos dejó una certeza consoladora: “Dios es fiel y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas” (1 Cor. 10,13). La lucha es real, pero también lo es la gracia. El Espíritu que condujo a Cristo al desierto es el mismo que hoy nos auxilia y sostiene.
Vencer la tentación no significa no sentirla, sino no consentirla. Significa fortalecer la templanza frente al hambre desordenada, la humildad frente al orgullo, la fe frente a la duda. Significa vivir como la garza: meter las piernas en el fango sin que el cuerpo se ensucie. Estar en el mundo sin pertenecer a su lógica de egoísmo y vanidad.
El desierto fue un tiempo fuerte y duro para Jesús, pero también fue un tiempo de afirmación y victoria. Nuestra condición finita y pecadora nos expone siempre a la prueba. Por eso necesitamos permanecer agarrados del Espíritu de Dios, especialmente en este tiempo de Cuaresma, para no sucumbir.
El teólogo Joseph Ratzinger (quien luego fuera el Papa Benedicto XVI), escribió que en las tentaciones del desierto está en juego la verdadera imagen de Dios y la verdadera imagen del hombre. Allí se decide si el hombre vivirá de pan o de la Palabra, del poder o del servicio, del espectáculo o de la obediencia amorosa.
Que en este desierto de la vida podamos atravesar la prueba con firmeza y serenidad. Que aprendamos de Cristo a responder con la Escritura en los labios y la confianza en el corazón. Y que, al final del camino, podamos decir que el desierto no nos venció, porque el Espíritu de Dios caminó con nosotros.
“Cristo fue tentado para que en Él aprendieras a vencer cuando tú seas tentado.”
San Agustín
Dr. Pedro Duarte
Abogado