POR: DR. PEDRO DUARTE
El tiempo como es lógico y sabemos no se detiene, es implacable y de allí la insistencia de aprovecharlo al máximo. En ese sentido, llegamos al cuarto domingo de adviento, se enciende la cuarta vela de la corona que simbólicamente se prepara para vivir en familia cada domingo momentos de oración, de meditación, propios de este tiempo. Este domingo nos indica, desde nuestra experiencia de fe católica, que ya estamos preparados para celebrar el Nacimiento de Jesús nuestro Redentor.
Generalmente pedimos que el Niño-Dios nazca en nuestros corazones, que sean transformados de corazones de piedra a corazones de carne, que se fortalezca la fe y la esperanza de una humanidad que espera con ansias el cumplimiento de la promesa divina de salvación, nos preparamos espiritualmente para recibir a Jesús reflexionando sobre su mensaje de paz, amor y reconciliación, pero también es válido pedir que nazca en nuestras mentes, las sane, las transforme, de manera tal que seamos capaces de ocuparlas para lo bueno, recordando entre tantos filósofos, al gran Platón cuando consideraba la mente como un órgano que se encargaba de las ideas puras y que estaba separada del cuerpo.
En este volátil transcurrir del tiempo, llegamos también a la Nochebuena, nos encontramos como Comunidad de fe en cualquier Parroquia del mundo entero para vivir la Eucaristía de esa noche tan importante, pues nace el Niño-Dios, un peregrinar de María su Madre y José, su Padre adoptivo, con el objetivo de cumplir la Ley de esa época y poder censarse como lo exigía el decreto del emperador Augusto; un viaje largo, estropeado, una Mujer en cinta y se presenta la emergencia del parto, con la particularidad de no encontrar lugar en una posada, llevando a la pareja a detenerse en la humildad de un establo, donde se da el gran acontecimiento.
Peregrinar implica caminar largos trechos, pasar por caminos difíciles, detenernos en algún momento, incluso descansar, para recuperar fuerzas y seguir adelante. El Papa Francisco en la homilía con motivo de la misa de Nochebuena nos exhorta y recuerda que para acoger el regalo del Nacimiento del Señor, estamos llamados a ponernos en camino con el asombro de los pastores de Belén, y retoma el relato del Evangelio según San Lucas, que fue proclamado en la sagrada eucaristía. «Esta es la señal, prosiguió el Papa Francisco, para recuperar la esperanza perdida: renovarla dentro de nosotros, sembrarla en las desolaciones de nuestro tiempo y de nuestro mundo rápidamente».
En este tiempo, es propicio pedir con toda la fuerza que tengamos, que podamos ver a ese Dios que ha nacido por nosotros, ¿verlo dónde? En el necesitado, en el enfermo, en el que está privado de libertad, en el mendigo; que nos regale un corazón ligero y despierto que sea capaz de llevar esperanza, una virtud que algunos teólogos consideran la virtud de estos tiempos, es decir, traducir la esperanza en las distintas situaciones que la vida nos depara por muy duras que estas parezcan.
“Señor, te pido algún tormento, alguna inquietud, algún remordimiento. En Navidad quisiera encontrarme insatisfecho. Contento, pero también insatisfecho. Contento por lo que haces Tú, insatisfecho por mi falta de respuestas. Quítanos, por favor, nuestras falsas seguridades, y coloca dentro de nuestro ‘pesebre’, siempre demasiado lleno, un puñado de espinas. Pon en nuestra alma el deseo de algo más”
Oración del Sacerdote y Escritor Alessandro Pronzato
Dr. Pedro Duarte
Abogado
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