POR: ARGENIS MENDOZA
Periodista / Doctor en Educación
«En el rango de habilidades cognitivas potenciales del ser humano, la atención tiene un papel fundamental. Es el cimiento sobre el que estriba toda la construcción del entramado cognitivo propio de nuestra especie».
Charo Rueda Cuerva, Educar la atención con cerebro (2021).
¡No me atendieron!, ¡me quedé esperando!, ¡me dejó en «visto»!, son solo algunas de las frases que a diario escuchamos en diferentes escenarios sociales para referirse a una distorsión de la comunicación humana, como es la falta de atención o, simplemente, la desatención.
Por lo tanto, si una característica determina a nuestras deficiencias colectivas es esa indiferencia que, con el transcurrir del tiempo, se acrecienta y toma dimensiones perturbadoras para el presente y futuro de la convivencia sana, armónica, trascendental de quienes habitamos los diferentes territorios integrantes de entidades llamadas comunidades, regiones, estados, naciones y el propio mundo.
En nuestro caso, esa conducta de “hacerse los desentendidos” ha conducido a situaciones tan insólitas como, por ejemplo, que ocurran fallas en los servicios públicos (largos períodos de racionamiento del agua potable, fluctuaciones eléctricas constantes, ausencia de recolección de desechos sólidos, entre otras) y sus organismos prestadores son hoy entes tan abstractos que a veces solo tienen lugar en las redes sociales virtuales; los reclamos se formulan mediante una aplicación digital, mensajería instantánea, correo electrónico o, ahora, se plantean a un humanoide creado con inteligencia artificial, sin tener la seguridad que serán considerados o resueltos.
Tal deshumanización nos va distanciando de ese plano emocional, presencial, concreto, de poder comunicarle lo que sucede en nuestras comunidades a otro ser humano frente a frente en una institución, con rabia, frustración, desencanto, como sentimos en el momento de expresarnos, porque somos racionales. Antes, los funcionarios negligentes se escondían en las oficinas, los infractores en sus casas o las de sus amigos, actualmente lo hacen usando a la virtualidad como escudo.
Es así como vamos perdiendo, de manera paulatina, la capacidad genuinamente humana de hablar, escuchar e interpretar, la muestra la tenemos en un festejo de cumpleaños, cada cual con su teléfono móvil en las manos, navegando por internet, escribiendo mensajes o autorretratándose, sin importarles el contacto, su entorno ni la interacción con quienes comparten ese espacio, cuyo fin es exactamente para promover la comunicación y el encuentro.
Un mal de nuestros días es que hay quienes ven, pero no observan; oyen, pero no escuchan; perciben, pero no sienten y, esto ya no es solo un asunto relacionado con la clase política, permeó hacia todos los ámbitos sociales, en parte se atribuye a la mediación tecnológica y la abstracción que de ella deriva; con estos comportamientos, nos dirigimos hacia la individualización y aislamiento aún más pronunciados que los manifestados hasta ahora, por consiguiente, hacia la invisibilización de la realidad.
Acerca de los argumentos antes mencionados, el investigador español, Amador Fernández-Savater, manifiesta: «La atención no es una cuestión individual, sino colectiva. La atención no es «mi» atención, sino un entorno de atención compartido con otros. Una verdadera ecología. Esa trama es lo que hay que cuidar» (https://bit.ly/41pvt2g).
Sobre la base de esa afirmación, la dimensión social de la atención adquiere un cariz colectivo, justamente el que se viene degradando y, con agudeza, intelectuales de distintas ramas del saber analizan este fenómeno, sugiriendo, exhortando y planteando propuestas para preservar a la atención como factor indispensable para la convivencia, sin la cual las interrelaciones humanas con su entorno adquirirían características insospechadas, yendo desde la anarquía extrema hasta la enajenación casi absoluta del ser humano.
Para concluir estas reflexiones, nuestra coexistencia en los espacios donde habitamos y en aquellos donde residen otros, se basa en el respeto a la dignidad humana y también hacia el entorno, el abordaje oportuno de las necesidades colectivas, dentro de una dinámica planetaria tan frágil que cualquier conflicto nos preocupa por la posibilidad del empleo de armas nucleares, biológicas y químicas, también ante el uso descontrolado de la tecnología, asuntos que deben captar la atención de todos, porque a fin de cuentas, seremos los triunfadores o perdedores de lo que permitamos hacer o no; todo esto pasa por un proceso cognitivo sencillo y al mismo tiempo complejo: atender y ser atendidos.
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