POR: ENRIQUE OCHOA ANTICH
Y dijo Jesús: Bienaventurados los que no vieron, y creyeron (Juan 20:29)
Algo de fe hay en la política. Fe en la persona humana. En su inmensa capacidad de solidaridad con el otro. En su instinto de amor. En su voluntad infinita de creación.
Quien desconfía de la condición humana, quien sólo encuentra en ella maldad e impudicia, vive en las tinieblas. No ve ética alguna en el oficio de los asuntos públicos sino afán pedestre de poder. De tanto ver cínicos en todos sus congéneres, el cinismo contamina su espíritu y lo empobrece.
Al incrédulo la desconfianza lo agobia. Siempre intuye catástrofes. Según su sombrío temperamento, todo siempre saldrá mal. Un apocalipsis perpetuo, un perenne juicio final signa sus pasos. No goza de la esperanza. Cualquier señal en la dirección correcta le parece patraña, emboscada, trapisonda. Si hay cambios, le parecen farsa. Por tanto es esquivo a prestar su concurso a los aperturistas que desde el poder exploran avanzar hacia nuevos territorios de reformas y consensos.
Los incrédulos nos hacen correr el riesgo de que sus temores se hagan realidad, como en una profecía autocumplida: si tienen éxito, y su descreimiento emponzoña a sus cofrades, y como consecuencia no se construye el terreno firme para que los progresistas en el poder suelten sus amarras y marchen avante, y así se inhiben los cambios prometidos, entonces el escéptico dirá que siempre tuvo razón.
-¿Vieron? ¡Todo era una simulación!
Para que los cambios tengan lugar, en particular cuando la única fuerza real con capacidad de producirlos se encuentra en los jerarcas del régimen que debe ser cambiado, el escepticismo debe ser echado a un lado. Por el contrario, debemos correr el apasionante riesgo de la esperanza. Para decirlo con palabras de Gramsci: menos pesimismo del intelecto, más optimismo de la voluntad.
Que la inercia del pasado, que la murria de los hábitos fraguados en tantos años de derrota, que la desesperanza aprendida no nos hagan perder la oportunidad del nuevo momento político que se abre ante nosotros. Esto, más allá de que los cambios anhelados se verifiquen o no. Pero en cualquier caso, que no se diga después que regateamos nuestro concurso cuando la patria lo reclamaba.
Nuestra posibilidad de porvenir, aquí y ahora, se va jalonando en marchas y contramarchas: habrá derrotas, sí, pero de cada una de ellas puede irrumpir la luminosa victoria. Pasar por aquéllas es condición de ésta.
Con Vallejo podemos decir hoy:
Otro poco de calma, camarada,
un mucho inmenso de calma chica,
al servicio menor de cada triunfo
y en la audaz servidumbre del fracaso.
Que el desánimo militante no empañe nuestro discernimiento. No aguardemos porque los cambios nos sean dados desde el poder. Vamos a construirlos juntos, quienes detentan el poder que debe ser transformado y quienes clamamos por esa transformación desde hace mucho. Que nuestra palabra, que nuestra capacidad de persuasión sea la medida del futuro a que tenemos derecho. También depende de nosotros que sea posible.