MIRAR HACIA LO ALTO

por Mileydi Piña
PEDRO DUARTE

POR: DR. PEDRO DUARTE

El Evangelio del cuarto Domingo de Adviento que recién vivimos nos invitaba, con discreción y profundidad, a levantar la mirada. A no quedarnos atrapados únicamente en lo inmediato, en lo urgente, en lo que duele. Nos llama a poner el corazón en “las cosas de arriba”, en las cosas del cielo, no como evasión de la realidad, sino como la única manera de comprenderla en su verdadera dimensión. En este tiempo santo, el Evangelio nos sitúa ante el misterio de un Dios que viene, que irrumpe en la historia con humildad, que cumple sus promesas sin estruendo, y que nos enseña a esperar confiando, aun cuando no todo esté claro.

El Adviento, especialmente en su cuarto domingo, nos colocaba frente al testimonio silencioso y firme de María. Su “hágase” no nace de la certeza humana, sino de una fe que se abandona plenamente en Dios. Ella levanta la mirada y confía, y en ese gesto sencillo se abre el camino de la salvación. El Adviento no fue solo espera; es aprendizaje de la confianza, es ejercicio de perseverancia, es dejar que Dios actúe incluso cuando el silencio parece prolongarse. La vida humana está atravesada, inevitablemente, por problemas y sufrimientos. Cada día trae consigo un desafío nuevo; resolvemos uno y ya asoma otro. Incluso cuando no los buscamos, los problemas nos encuentran. El sufrimiento forma parte de la condición humana, y pretender una vida sin él es una ilusión que termina frustrando. El verdadero dilema no es sufrir o no sufrir, sino cómo vivimos ese sufrimiento y desde dónde lo miramos.

La Sagrada Escritura nos recuerda: “Pongan la mirada en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col 3,2). Esta exhortación no ignora el dolor, sino que lo sitúa en un horizonte más amplio. El cristianismo no promete una vida sin cruz, pero sí una cruz que tiene sentido. No hay resurrección sin pasar antes por el Calvario. El mismo Cristo nos lo enseñó: la gloria pasa por la entrega, y la vida nueva nace del sacrificio asumido con amor.

El sufrimiento, cuando es bien entendido y bien llevado, no destruye; transforma. Como el oro que se acrisola en el fuego, el alma humana se purifica en la prueba. El dolor, lejos de ser solo pérdida, puede convertirse en escuela, en purificación y en maduración interior. No se trata de glorificar el sufrimiento, sino de permitir que, atravesado con fe, nos haga más humanos, más humildes y más libres.

Aquí aparece con fuerza el llamado a la metanoía, que significa cambio de mentalidad, conversión profunda de la mirada y del corazón. Es dejar de interpretar la vida solo desde el miedo, la queja o el victimismo, y comenzar a leerla desde Dios, desde el sentido, desde la esperanza. La metanoía no elimina el dolor, pero lo resignifica; no quita la cruz, pero la convierte en camino.

El Evangelio nos ofrece una imagen clara en Pedro caminando sobre las aguas. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, camina sobre la tormenta; cuando se concentra solo en el viento y en el miedo, comienza a hundirse (cf. Mt 14,30). No es la ausencia del sufrimiento lo que nos sostiene, sino la dirección de nuestra mirada.

También la filosofía ha intuido esta verdad. Nietzsche, aun desde una perspectiva distinta a la fe cristiana, afirmaba: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. Cuando el sufrimiento carece de sentido, aplasta; cuando se ilumina desde lo alto, fortalece.

Este mensaje cobra una fuerza particular al acercarnos al final de un año. Todo cierre de ciclo invita, casi naturalmente, a revisar lo vivido: lo bueno y lo malo, los aciertos y los errores, las metas alcanzadas y aquellas que quedaron pendientes. No para juzgarnos con dureza ni quedarnos atrapados en la nostalgia, sino para discernir con verdad. Hay procesos que no dieron fruto inmediato, esfuerzos que parecieron estériles, sueños que se postergaron. Pero también hubo resistencias silenciosas, fidelidades sostenidas en la prueba y aprendizajes que solo el tiempo y el dolor podían enseñar.

Muchas de las cosas verdaderamente valiosas no se logran de manera rápida ni fácil. Requieren constancia, paciencia y una fe que se mantenga firme incluso cuando los resultados no son visibles. Mirar hacia lo alto al cerrar el año es reconocer que no todo depende únicamente de nuestras fuerzas, pero que Dios tampoco actúa sin nuestra perseverancia. Es comprender que el camino se construye paso a paso, con caídas y levantadas, con esfuerzo cotidiano y con la mirada fija en nuestro Padre Creador, para quien nada es imposible (cf. Lc 1,37).

Mirar hacia lo alto es, en definitiva, un acto de fe: confiar en que Dios actúa incluso en la oscuridad. Y es también un acto de esperanza: creer que la cruz no es el final, que el dolor no tiene la última palabra. Como escribió San Juan Pablo II, hombre profundamente marcado por el sufrimiento: “El sufrimiento humano, unido a Cristo, se convierte en fuente de salvación”.

Levantar la mirada no nos aleja de la realidad; nos permite atravesarla con un corazón más firme, una fe más madura y una esperanza que no defrauda. Porque quien camina con los ojos puestos en Dios no camina solo, y quien persevera confiando descubre, tarde o temprano, que toda espera tiene sentido y que toda noche anuncia un amanecer.

“El sufrimiento deja de ser sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido”.

Viktor Frankl

 

Dr. Pedro Duarte

Abogado 

 

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