SER LUZ Y SAL DE LA TIERRA

por Mileydi Piña
PEDRO DUARTE

POR: DR. PEDRO DUARTE

La lectura del Evangelio de este quinto domingo del tiempo ordinario, nos regala una de las imágenes más hermosas y exigentes de la vida cristiana: ser luz y sal de la tierra. Dos elementos sencillos, cotidianos, pero cargados de una profundidad espiritual capaz de orientar toda una existencia.

Ser luz

En tiempos de nuestro Señor Jesucristo no existía la electricidad, ni la tecnología que hoy ilumina nuestras noches. La luz provenía de una pequeña lámpara de aceite, frágil pero firme, que se colocaba en lo alto de la casa para que su resplandor alcanzara cada rincón. Nadie encendía una lámpara para ocultarla; hacerlo habría sido absurdo. La luz nace para alumbrar.

También las ciudades se construían en las alturas. Los caminos eran largos, los territorios extensos y las noches profundamente oscuras. Ver una ciudad iluminada desde lejos significaba esperanza, orientación y refugio para el caminante.

Ser luz implica precisamente eso: convertirse en referencia, en guía silenciosa, en presencia que ahuyenta la oscuridad.

Cuenta la tradición filosófica que Diógenes el Cínico caminaba en pleno día con una lámpara encendida. Cuando le preguntaban qué hacía, respondía: “Busco un hombre honesto”. Aquella imagen no era un acto de locura, sino una denuncia luminosa: incluso bajo el sol puede reinar la oscuridad cuando falta la verdad.

Y es que quien ha visto la luz no puede volver a vivir tranquilo en las sombras. La Sagrada Escritura nos recuerda que la verdad libera la conciencia. Por eso, aquel que distingue con claridad entre el bien y el mal y aun así opta por lo incorrecto difícilmente encontrará paz en su interior.

San Agustín lo expresó con una frase inmortal:

“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. La luz despierta la conciencia. Y una conciencia despierta no permite el descanso de la indiferencia.

Hoy el mundo necesita hombres y mujeres que no teman colocarse “en lo alto”, no por soberbia, sino por responsabilidad; personas cuya vida sea una claridad visible desde lejos.

Ser sal

Si la luz orienta, la sal conserva y da sabor.

En la antigüedad era un bien caro. Sin refrigeración ni medios modernos, la sal protegía los alimentos de la corrupción y permitía la supervivencia de pueblos enteros. Pero posee además una característica profundamente simbólica: la sal da sabor desapareciendo. No busca protagonismo. No espera reconocimiento. No necesita aplausos. Cumple su misión en silencio.

El filósofo Albert Schweitzer escribió una frase que parece describir perfectamente esta vocación: “El ejemplo no es la principal manera de influir en los demás; es la única”. Quien vive para dar sabor a la vida de otros no necesita ser nombrado. Su huella se reconoce en el bien que permanece.

Nuestra sabiduría popular, siempre creativa, a veces juega con lo contrario. Cuando alguien atraviesa una mala racha solemos decir en tono cómico: “Está salao”. Una expresión muy nuestra, cargada de humor, como cuando llamamos “flaco” al que está pasado de peso o exageramos lo evidente con cariño.

Pero la verdadera sal no arruina: preserva, equilibra y fortalece. Incluso el cuerpo humano necesita de ella, en su justa medida, para mantener la vitalidad y la energía. Así también el alma necesita personas que aporten sabor sin imponerse, que sostengan sin dominar, que sirvan sin esperar recompensa. Qué triste seria que la sal se vuelva sosa, pues como dice Cristo en el evangelio, de llegar a suceder algo así, quién la salará?

Una tarea urgente

Ser luz y ser sal no es un ideal poético reservado para unos pocos; es una tarea cotidiana. En un mundo hostil, marcado por la prisa, la división y la incertidumbre, esta vocación se vuelve más urgente que nunca.
Cada uno está llamado a irradiar lo positivo, a elevar la mirada de quienes caminan en la noche, y al mismo tiempo a dar sabor a la vida sin caer en la tentación de la aprobación constante.

El filósofo Immanuel Kant recordaba que el ser humano debe vivir de tal modo que su conducta pueda convertirse en una ley universal. Es decir, actuar siempre desde el bien, incluso cuando nadie mira. Ser luz exige valentía y Ser sal exige humildad, ambas virtudes, unidas, pueden transformar el mundo.

Pidamos entonces la gracia de encarnar estos signos en nuestra vida diaria: trabajar por la paz del mundo, por la paz de nuestra Patria y también por esa paz interior que, muchas veces, es la más difícil de conquistar.
Porque contribuir a un mundo mejor no es una opción secundaria, es un llamado urgente.

Que nuestra vida, sin discordancias pero con firmeza, sea luz que oriente y sal que dé sabor. Sólo así dejaremos un resplandor capaz de guiar a otros y una esperanza suficientemente fuerte para conservar lo mejor de la humanidad.

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo.”

Mahatma Gandhi

 

Dr. Pedro Duarte

Abogado      

 

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