VENEZUELA, MOMENTOS DIFÍCILES

por Mileydi Piña
PEDRO DUARTE

POR: DR. PEDRO DUARTE

Desde el día 3 de enero de 2026, nuestra Patria vive uno de los momentos más desagradables y dolorosos de su historia reciente. Algunos lo comparan con episodios anteriores, y en parte tienen razón; sin embargo, existe una diferencia sustancial y estremecedora: esta vez cayeron bombas y misiles, se probaron armas sofisticadas (de las que incluso se ufanan públicamente) y se desató una violencia desproporcionada y sorpresiva.

Murieron civiles inocentes, efectivos de nuestra Fuerza Armada Nacional Bolivariana y miembros de las Fuerzas Armadas cubanas. Los daños a las estructuras físicas del país son millonarios. Todo ocurrió sin guerra declarada, bajo un factor sorpresa que jugó un papel determinante y con una capacidad de fuego abrumadoramente superior a la del momento en que se produjeron los hechos.

Según informaciones difundidas por diversos medios nacionales e internacionales, así como por redes sociales e incluso por voceros del propio gobierno agresor, se desplegó un operativo de proporciones sumamente preocupantes: más de 200 hombres, 150 aviones y alrededor de 7 helicópteros. A esto se sumó el bloqueo total de las comunicaciones, el uso de tecnología de avanzada probada según ellos, en ese momento, una acción que agravó la incertidumbre y el caos.

Como si todo ello no bastara, se consumó un hecho de extrema gravedad: el secuestro del Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, y de su Señora esposa, la Doctora Cilia Flores. Posteriormente, se intentó trasladar esta atrocidad al plano jurídico, pretendiendo incluso someter el caso a la jurisdicción de tribunales estadounidenses. Sin duda alguna una locura jurídica, sin asidero legal alguno.

Estamos en presencia de un Presidente constitucional en ejercicio, plenamente amparado por el Derecho Internacional Público, por la inmunidad que le confiere su investidura y por todas las normas que rigen la convivencia entre Estados soberanos. Mucho menos existe fundamento alguno contra su esposa, totalmente ajena a la narrativa forzada de los supuestos delitos que se pretenden imponer.

Esa narrativa, además de endeble, ha tenido que ser desmontada poco a poco por quienes la fabricaron, porque no tienen cómo sostenerla jurídicamente.

Son muchas las normas, tratados e instituciones que regulan el Derecho Internacional Público, y seguimos confiando en ellas. No obstante, preocupa profundamente el silencio (en algunos casos) y la exagerada prudencia de buena parte de la comunidad internacional ante lo sucedido en Venezuela. Lo ocurrido sienta un precedente terrible: la consumación impune de una atrocidad de esta magnitud contra cualquier país del mundo.

Afortunadamente, no todos los pueblos callan. En distintas partes del planeta, hombres y mujeres conscientes han salido a fijar posición, a alzar la voz en favor de la justicia y del respeto a la soberanía. Porque hoy, sin lugar a dudas, Venezuela se ha convertido en el centro de la geopolítica mundial, y de lo que aquí ocurra depende en gran medida el futuro del hemisferio y, por qué no, del mundo entero.

Pedimos a Dios que disipe los vientos de una guerra de dimensiones incalculables. Viene a mi memoria el pasaje de la Biblia, en el libro del Génesis capítulo 4, versículos del 8 al 16, cuando Caín mató a su hermano Abel y Dios le pregunta: “¿Dónde está tu hermano?”. Y luego sentencia: “La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. Es el juicio divino contra quien derrama sangre inocente.

Lejos de cualquier sentimiento de venganza, nos mueve la justicia. Y surgen las preguntas inevitables: ¿Acaso quienes cometen estas atrocidades creen que se irán impunes de este mundo? ¿Creen que no existe justicia, y menos aún justicia divina? ¿Piensan que se puede amenazar, invadir, destruir países y luego recibir aplausos, honores y pétalos de rosa?

No se trata de fundamentalismo religioso ni de instrumentalizar la fe, sino de recordar que la Palabra de Dios está viva. El apóstol Santiago lo advierte con claridad: “Habrá juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia”, aunque también nos recuerda que “la misericordia triunfa sobre el juicio”.

Sigamos, entonces, en resistencia activa, aun cuando el silencio de muchos poderosos genere impotencia. Sigamos orando y trabajando, como enseñaba San Agustín: ora et labora, Orar y trabajar hasta que se haga justicia con la Patria, con su Presidente, con su familia y con un pueblo que solo aspira a vivir en paz.

Confiemos nuestra País a Dios Todopoderoso, que escucha el clamor y ve la sangre de sus hijos inocentes, y que por encima de todo hace reinar la justicia.

Dios cuide y bendiga a nuestra hermosa Venezuela.

 

“Formemos una Patria a toda costa y todo lo demás será tolerable”

Simón Bolívar

 

Dr. Pedro Duarte

Abogado        

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