POR: DR. PEDRO DUARTE
Si existe una obsesión persistente en la historia de la humanidad, es la del poder. Desde las antiguas civilizaciones hasta nuestros días, hombres y mujeres han dedicado su vida a alcanzarlo, conservarlo o ampliarlo. El poder seduce, atrae y, muchas veces, enceguece. No es casual que incluso en el relato evangélico el Señor Jesucristo haya sido tentado por el maligno con la promesa del dominio sobre todos los reinos del mundo. Aquella escena en el desierto revela una verdad profunda: el poder es una de las tentaciones más antiguas del ser humano.
Sin embargo, la pregunta fundamental no es solo quién tiene el poder, sino qué se hace con él y para qué se busca. Porque el poder, en sí mismo, no es necesariamente bueno ni malo; todo depende de la intención moral que lo inspire. De esa intención nacen los grandes beneficios o las grandes tragedias de la humanidad.
A lo largo de la historia hemos visto personas con enormes recursos materiales que, aun teniéndolo todo, continúan buscando el poder, especialmente el poder político. Esto ocurre porque el poder representa capacidad de decisión, influencia sobre la realidad y posibilidad de orientar el destino de una comunidad. Pero cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo y no en un medio para servir, degenera fácilmente en dominación.
El filósofo francés Montesquieu advertía con claridad: «Todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él; va hasta que encuentra límites».
Por ello, la verdadera discusión sobre el poder no es simplemente su posesión, sino la ética que lo orienta. Cuando el poder nace del egoísmo, produce injusticia, desigualdad y autoritarismo. Pero cuando nace del sentido de servicio, se convierte en instrumento de transformación social.
En este punto aparece un concepto fundamental en la vida moderna: la gerencia. Toda organización (sea un gobierno, una empresa o una institución social) necesita administrar recursos, coordinar esfuerzos y planificar objetivos. Allí surge la figura del gerente.
Un gerente es, esencialmente, quien organiza, planifica, dirige y controla para alcanzar resultados. Durante mucho tiempo la gerencia fue entendida como una estructura vertical de autoridad, basada en órdenes y jerarquías rígidas. Sin embargo, el mundo contemporáneo ha transformado profundamente esa visión. Hoy se reconoce que un buen gerente no es solamente quien controla procesos, sino quien comprende a las personas que forman parte de ellos.
La empatía, la capacidad de escuchar, el respeto por el talento humano y la inteligencia emocional se han convertido en cualidades esenciales de la gerencia moderna. El reconocido pensador de la administración Peter Drucker lo expresó con gran claridad al afirmar que «La tarea del gerente es hacer que las fortalezas de las personas sean productivas».
En otras palabras, la verdadera gerencia no consiste en mandar, sino en potenciar las capacidades de los demás.
Pero aquí surge una distinción importante: gerencia no es lo mismo que liderazgo.
Un gerente puede administrar procesos; un líder, en cambio, inspira personas.
El gerente organiza el trabajo; el líder moviliza voluntades.
El gerente garantiza que las cosas funcionen; el líder logra que las personas crean en lo que están haciendo.
Por eso se suele decir que la gerencia administra el presente, mientras el liderazgo construye el futuro.
En la historia encontramos ejemplos claros de esta diferencia. Grandes gerentes han sido capaces de organizar instituciones con gran eficiencia, optimizando recursos y logrando resultados concretos. Sin embargo, los grandes líderes han trascendido su tiempo porque lograron algo más profundo: dar sentido y dirección a una causa colectiva.
Personajes como Nelson Mandela o Mahatma Gandhi no fueron simplemente administradores de estructuras políticas; fueron líderes que despertaron conciencia moral en sus pueblos. Supieron convertir el poder en una herramienta de dignidad y transformación.
Esto no significa que liderazgo y gerencia sean opuestos. Por el contrario, la verdadera excelencia aparece cuando ambas dimensiones se integran. Una organización necesita la disciplina de la gerencia, pero también la visión del liderazgo. Sin administración, los proyectos se desordenan; sin liderazgo, pierden alma.
En el fondo, tanto el poder como la gerencia y el liderazgo comparten una misma raíz: la responsabilidad frente a los demás. El poder auténtico no es el que se impone por la fuerza, sino el que se legitima por el servicio.
El gran pensador chino Lao Tsé dejó una frase que resume esta verdad con extraordinaria sabiduría:
«El mejor líder es aquel del que el pueblo apenas sabe que existe; cuando su trabajo está hecho, la gente dice: lo hicimos nosotros».
Quizás allí se encuentre la clave del poder bien entendido: no dominar a los demás, sino ayudar a que los demás descubran su propia fuerza.
Porque al final, el poder que realmente transforma el mundo no es el que se ejerce desde la soberbia, sino el que nace de la humildad, la ética y el profundo compromiso con el bien común.
“El verdadero poder es el servicio.”
Papa Francisco
Dr. Pedro Duarte
Abogado